Grant te agradece la atención

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31 de mayo de 2012

¡Ñam, ñam! La Encantaria vuelve a la carga...

Mi restaurante favorito, La Encantaria de Zaragoza, tras el éxito de las Jornadas Gastronómicas dedicadas al Señor de los Anillos, se atreve con la multipremiada macrosaga de éxito mundial Canción de Hielo y Fuego de George R. R. Martin. No es nuestra serie de novelas favorita precisamente, pero nuestro chef predilecto Joan Rosell nunca defrauda entre fogones y siempre es garantía de qualité en todo lo que se propone.
Así que, tanto si eres seguidor de la serie de televisión, fan de los libros o ambas cosas, no puedes perderte el excelente menú que nos tiene preparado exclusivamente para el mes de Junio, aprovechando que el día 22 se publicará en España la quinta novela Danza de Dragones. 


Si de todas maneras no conoces estos libros, la ocasión es una buena oportunidad para acercarte a ellos porque lo que no le podemos negar a George R. R. Martin es un excelente gusto por la comida (empanadas de lamprea aparte), que expresa con minuciosidad en esta obra.
¿Quieres saber de dónde proceden las recetas? Echa un vistazo aquí:





La Encantaria, para los despistados, está en la calle Sevilla nº 7 (tlf 627944502) en Zaragoza y se recomienda hacer reserva telefónica.






La Encantaria se está labrando una reputación como una de las citas gastronómicas obligadas en Aragón y España para cualquier amante de los libros, el misterio... y la buena música también.
Si os atrevéis a dejaros caer, seguro que no os vais a arrepentir.

¡Buen provecho!

15 de mayo de 2012

One more beer...

   


Esta Tabla Esmeralda está dedicada no a una obra en particular, un autor o un movimiento literario... más bien a la relación siempre especial y tormentosa entre drogas y literatura.
Drogas en el sentido clásico del término: sustancia o preparado medicamentoso de diferentes efectos: narcótico, depresor, estimulante o alucinógeno. No vamos a diferenciar entre drogas legales o ilegales, porque con el transcurrir de los años y la distinta localización geográfica, encontraremos que esa división ha ido cambiando escandalosamente y por muy variados motivos (muchos de ellos completamente ajenos la Salud Pública). Así que hablaremos de alcohol, hachís, opio, LSD, cocaína, anfetaminas... y de lo más importante, de su influencia en el mundo literario, en sus escritores, en sus obras.


Tony Stark discutió largamente con la botella

Debemos aclarar que no fue hasta mediados del s XIX que se comenzó a escribir explícitamente sobre drogas. 
El movimiento Romántico, el decadentismo de los Simbolistas y, más adelante, el escapismo modernista plasmaron una visión nueva sobre estas sustancias que, hasta entonces, había permanecido inédita. Se consumían estupefacientes, eso es innegable, pero hasta entonces las drogas habían pertenecido al ámbito mágico-religioso cumpliendo una función ritual. Sus efectos solo podían experimentarse bajo ciertas premisas, de manera muy controlada y a la que no todo el mundo tenía acceso. Formaban parte de una esfera distinta a la del común humano y su vida. 
La droga en la literatura no era importante en sí misma, lo que realmente  primaba era su efecto, considerado una alegoría. Dos ejemplos claros de esta idea son los lotófagos de la Odisea, donde el loto representa el Olvido; y otro los filtros de amor de la leyenda de Tristán e Iseo, que simboliza la Pasión. 
También hay que tener en cuenta que, con la llegada del cristianismo, todo tipo de revelación mística de tipo chamánico se veía con suspicacia. Esa experiencia extática donde el sujeto se unía a su dios o trascendía a una realidad superior espiritual, era considerada una amenaza, una herejía; y los cultos iniciáticos donde proliferaban sustancias psicoactivas fueron relegados al olvido o considerados demoníacos.


Los tortolitos de Tristán e Isolda

Pero la Edad Media quedó atrás, llegó el Renacimiento y luego la Era de la Razón. Y enfrentado en cierta manera al objetivismo y materialismo del Siglo de las Luces, surgió el movimiento Romántico.
Con la dispersión del idealismo filosófico alemán liderado por Kant, Schelling o Hegel por Europa, donde la aprehensión del mundo se estimaba que dependía en gran parte de la mente del propio observador, las drogas, como alteradoras de esta mente, se posicionaron como una vía lícita de experimentar y tratar de percibir nuestra realidad de manera distinta, lo que las convirtió en una herramienta más para lograr conocimiento. 
Así, en la Literatura, se busca a través de las drogas verter estas nuevas perspectivas de la realidad, también tomar parte activa y modificarla directamente. La cita de William Blake, que luego fue reutilizada por Huxley, es el paradigma de esta nueva sensibilidad:

Si las puertas de la percepción se purificaran, todo se le aparecería al hombre como es, infinito


William Blake, El Gran Dragón Rojo (1810)



La idealización de estas sustancias fue evidente, y se conviertieron en la bandera de todo artista bohemio que se preciara de la época, aunque le llevara a la muerte. 
Pero todo hay que decirlo: existían más posibilidades de que el fallecimiento encontrara sus causas en la tuberculosis, sífilis o el hambre. 
Su estandarte más reconocible fue el famoso “Club del Hachís” del hotel Pimodan en París, fundado por Theóphile Gautier y Jacques-Joseph Moreau. En él se dejaron caer bohemios insignes como Charles Baudelaire, Alejandro Dumas o el pintor Delacroix. Así se expresó Arthur Rimbaud al respecto:


A través de un razonado desarreglo de los sentidos, es precisa una alquimia verbal que, nacida de una alucinación de los sentidos, se exprese como alucinación de las palabras, y estas alucinaciones tendrán el poder de cambiar la vida .


Hay que matizar que el uso del hachís, opio o morfina se hizo común también entre el resto de la población, no era una rareza, aunque no estaba muy bien vista.

Con la llegada del s. XX, aunque se mantiene esa visión idealizada del estupefaciente, surge un nuevo horizonte gracias a la heroína de Bayer, la femme fatale de las drogas.  Fue concebida como una salvación para los morfinómanos, capaz de otorgar placeres inimaginables y dolor sin fin. 
Esta nueva visión fue esbozada con anterioridad por Thomas de Quincey, y se centraba en la adicción, la autodestrucción, la enfermedad. 
En definitiva, el yonqui. 
Se comenzó a temer a estas sustancias que altera(ba)n la mente y el cuerpo. 
El Convenio Internacional de La Haya de 1912 restringió el consumo de opio, sus derivados y la cocaína. 
La concepción social sobre las drogas empezó a virar.
De la Metafísica de los románticos y su rebeldía anti-burguesa, basculamos hacia la Física marginal y tragedia personal del toxicómano. 
De la búsqueda de sensaciones más intensas, la ensoñación y la exploración del inconsciente; pasamos a un existencialismo nihilista, en el que la voluntad ha sido doblegada y la búsqueda ha mutado a pasividad y vacío.
Las Puertas de la Percepción de William Blake se abrieron de par en par para ofrecer un paisaje de horizontes llenos de belleza y horror a la vez, mucho más amplios de lo esperado...

Las drogas, en el plano literario, seguirían mostrando esa mirada de rebeldía y belleza decadente sublimadas, como entre los escritores de la Generación Beat, pero sin obviar su vertiente destructora y degenerada que plasma la lucha por el control de la voluntad y el propio organismo biológico.
Y las preguntas obvias son: 
¿Les debemos a las drogas muchas de las grandes obras de estos dos últimos siglos? 
¿Han sido ellas la causa de que despertaran los genios?


Jack Kerouac, afecto a sustancias peligrosas


Es muy complicado hacer una aseveración general sobre un tema tan rico en matices y particularidades. Pero lo que está claro, es que no está en la naturaleza del estupefaciente añadir algo nuevo a la mente de un autor. Solo amplifica, distorsiona la materia prima ya existente.

Son muchos los escritores y de diferentes estilos literarios, los que se han dejado fascinar, envolver y conquistar por los narcóticos; afamados e ignorados. Así que acudiremos a estas mismas sustancias para hablaros de algunos de ellos, no todos, es imposible, y así podáis conocer algo más de sus hábitos y adicciones que, por tabú social, se suelen evitar.


Mi amiga la botella

El alcohol es uno de los estupefacientes más populares a nivel social y que más aceptación tienen. Se ha consumido, a diferencia de otras drogas, también fuera del ámbito mágico-religioso por su relativa sencilla obtención y producción. 


Edgar Allan Poe fue una de sus víctimas, y su vida estuvo marcada por su consumo abusivo así como por periodos de abstinencia total. ¿Y cómo presentar a Poe sin que parezca algo innecesario? No se puede, pero debemos reseñar que se trató de uno de los grandes renovadores de la literatura gótica y de terror, precursor de la novela de detectives y la de ciencia-ficción. Su influencia se extendió más allá del mundo de la literatura y se convirtió en símbolo romántico para miles de artistas. Su trágica y corta vida solo echó más leña a su leyenda oscura; y su condición de alcohólico fue una punta de lanza utilizada por sus detractores para desmerecer su obra. Pero no se tiene constancia de que escribiera sus relatos e historias ebrio y en Poe encontramos la figura del toxicómano que no lo es por elección consciente, sino quizás por carga genética (su padre y hermano eran grandes bebedores) y presión social; lo que lo diferenciaba de muchos otros escritores toxicómanos que buscaban en las drogas otro tipo de evasión más lúdico.

Podemos ir más atrás en el tiempo para hallar escritores fans de las bebidas alcohólicas: Ovidio. No debemos sorprendernos, pues la propia cultura romana clásica alentaba sobre todo el consumo de vino, considerándolo indispensable en la vida diaria para cualquiera... incluidos mujeres y esclavos. Por supuesto, extendieron su cultivo allá por donde fueron. No faltaron obras escritas sobre la vid, de Catón el Viejo, Virgilio o Varrón. Pero es en Ovidio en el que ponemos nuestra atención hoy con una elegía, donde nos presenta al vino de manera ambivalente y... cómo afecta en los trances amorosos.

Así que, cuando te sirvan los dones de Baco, puesto sobre la mesa, y te toque como compañera en el lecho contiguo una mujer, suplica (...) a los ritos sagrados de la noche que no permitan que el vino te haga perder la cabeza.  En ese momento tienes oportunidad de decir muchas cosas escondiéndolas en frases de doble sentido, que ella comprenda que van referidas a sí, y garabatear tiernas lindezas con un poco de vino, de forma que pueda leer sobre la mesa que ella es tu dueña; y mírala a los ojos con ojos que declaren tu pasión ardiente: muchas veces un rostro silencioso tiene voz y palabras. (...) Camino seguro y duradero es engañarle bajo apariencia de amistad; más, aunque sea seguro y duradero el camino, entraña delito.(...)
Yo te daré la medida justa en la que debes beber: que tu mente y tus pies puedan cumplir su cometido. Ten cuidado con las disputas a las que el vino predispone especialmente, y con las manos demasiado proclives a peleas feroces.(...) 


Bukowski empinando el codo

Más cercano en el tiempo, tenemos a uno de los escritores borrachuzos por antonomasia y cuya actitud vital siempre fue ejemplo de inconformismo. Su estilo literario fue denominado realismo sucio y sus panegíricos dedicados al alcohol, haciendo gala de un procaz orgullo de su alcoholismo, son ya conocidos en todo el planeta; nos referimos a Charles Bukowski, que no se sonrojaba al reconocer que si no hubiera sido por el alcohol, no habría sido capaz de escribir una sola línea. Suyas son las siguientes palabras:

El alcohol te da la liberación de un sueño sin la falta de vitalidad de las drogas



minuto 1:14

El celebérrimo Stephen King también tuvo sus más y sus menos con el alcohol (y también otras drogas). Durante toda la década de los 80 su vida fue un continua melopea y él mismo reconoce no recordar el haber escrito según qué libros.


La Nieve andina y los hijos del Dragón




La cocaína, que llegó a Europa en el s XIX, también tuvo una difusión importante entre literatos.
Se convirtió en una droga intelectual, Sigmund Freud alababa sus virtudes y Conan Doyle convirtió a Sherlock Holmes en un adicto. 


Es conocida también la anécdota de que Stevenson escribió su El Extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde (1886) en seis días sin casi dormir gracias a la ayuda de esta sustancia. 
Hermann Hesse y su Lobo Estepario (1927) ofrecen continuas referencias al consumo de cocaína y Aleister Crowley, en la que fue su primera obra, Diario de un drogadicto (1922), no escatima detalles en sus diversas adicciones, en la que destaca la de la cocaína.

La heroína también ha tenido sus campeones literarios, como el inmisericorde William Burroughs, que en su Yonqui (1953), describía las miserias de su adicción de manera innovadora, cruda y magistral.

La droga es una inoculación de muerte que mantiene el cuerpo en condición de emergencia... nos decía. 

Burroughs, Madonna y el porro


Son los opiáceos en general, y el propio opio, los que han derramado sobre la humanidad una lluvia continua de angustias y deleites sin fin.
Fue Samuel Taylor Coleridge y su poema Kubla Khan (1797) el que dio el pistoletazo de salida a las descripciones y experiencias narcóticas. Lo escribió persiguiendo al dragón, y muchos después seguirían sus pasos.  
La obra más importante dedicada al opio fue la de Thomas de Quincey, Confesiones de un comedor inglés de opio (1821). Esta obra además supuso un antes y un después para la literatura universal. 
A causa de un persistente dolor de muelas, de Quincey comenzó a tomar láudano, la forma más común de por entonces de consumir opio. Se hizo un gran consumidor, sobre los 330 gramos diarios, y lo que en principio era una necesidad, se convirtió en placer e, incluso, símbolo de distinción social. Y así comenzó a escribirlo... pero escribió absolutamente todo, incluido el infierno que vivió después. Describió con precisión quirúrgica los detalles de los horrores del juego perverso de su adicción... y de transgredir las normas sociales. Lo hizo sin ningún tipo de eufemismo ni consigna moral, lo que casi se consideró una blasfemia. Este confesiones de un comedor inglés de opio  fue el molde que más adelante utilizaron otros escritores drogodependientes para narrar sus experiencias. Con de Quincey se inauguró el concepto recreativo del consumo de drogas, un escape a lo que Baudelaire llamaría  Paraísos Artificiales. Paraísos, por el placer brindado; artificiales, por su irrealidad.


De Quincey, primer drogata de la literatura




El Cáñamo


La marihuana y derivados como el hachís o quif, también han tenido, y muy abundantes, sus adeptos en la literatura. 
Quizás la obra más conocida al respecto sea la del poeta francés Charles Baudelaire Los paraísos artificiales (1860), en la que hace flaco favor a esta resina (y al opio), a pesar de que se considere de manera general y errónea, una apología sobre su consumo.

Pero no íbamos a dejar las letras castellanas fuera de todo este guirigay de estupefacientes. Ramón del Valle-Inclán fue un gran consumidor de hachís durante toda su vida. 
En el año 1910 dio una conferencia en la ciudad de Buenos Aires sobre Los excitantes en la literatura. Peligros y Ventajas. Vinculaba sus experiencias con la búsqueda espiritual y, en 1919, escribió un poema, la Pipa de Kif, dedicado al hachís, a la que llamaba la dama de la ardiente cabellera. 



LA PIPA DE KIF

Mis sentidos tornan a ser infantiles,

tiene el mundo una gracia matinal,

mis sentidos como gayos tamboriles

cantan en la entraña del azul cristal.

Con rítmicos saltos plenos de alegría,

cabalga en el humo de mi pipa Puk,

su risa en la entraña délfica del día

mueve el ritmo órfico amado de Gluk.

Alumbran mi copta conciencia hipostática

las míticas luces de un indo avatar,

que muda mi vieja sonrisa socrática

en la risa joven del Numen Solar.

Divino penacho de la frente triste,

en mi pipa el humo da su grito azul,

mi sangre gozosa claridad asiste

si quemo la Verde Yerba de Estambul.

Voluta de humo, vágula cimera,

tú eres en mi frente la última ilusión

de aquella riente, niña Primavera

que movió la rosa de mi corazón.

Niña Primavera, dueña de los linos

celestes, Princesa Corazón de Abril,

peregrina siempre sobre mis caminos

mundanos. Tú eres mi «spirto gentil».

¡Y jamás le nieguen tus cabellos de oro

jarcias a mi barca, toda de cristal,

la barca fragante que guarda el tesoro

de aromas y gemas de un cuento oriental!

El ritmo del orbe en mi ritmo asumo,

cuando por ti quemo la Pipa de Kif,

y llegas mecida en la onda del humo

azul, que te evoca como un «leit-motif».

Tu luz es la esencia del canto que invoca

la Aurora vestida de rosado tul,

el divino canto que no tiene boca

y el amor provoca con su voz azul.

¡Encendida rosa! ¡Encendido toro!

¡Encendidos números que rimó Platón!

¡Encendidas normas por donde va el coro

del mundo: está el mundo en mi corazón!

Si tú me abandonas, gracia del hachic,

me embozo en la capa y apago la luz.

Ya puede tentarme la Reina del Chic:

no dejo la capa y le hago la +.


Su relación con el cannabis comenzó sobre los veinte años y fue, junto a la de la literatura, inalterable y fiel hasta el día de su muerte.


Otros como el cubano José Martí también dedicaron letras al hachís, donde no lo considera un paraíso artificial, sino una realidad añorada, un éxtasis místico.
Y cómo no, el gran Horacio Quiroga, uruguayo de nacimiento, y uno de los grandes maestros del relato corto de la literatura hispanoamericana. Su vida atormentada se vió cercada continuamente por el suicidio, las estrecheces económicas y su consumo de cloroformo y hachís. Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte (1917) es, sin duda, su mejor obra; aunque no podemos obviar el cuento realista Hachís, donde describe meticulosamente sus experiencias.


Horacio Quiroga (1878-1937)


Anfetas y campos de fresas sin fin

Las drogas sintéticas, como las variedades de anfetaminas o el cataclismo de Hofmann: el LSD, también han inspirado las mentes de bastantes escritores a lo largo del s. XX, incluso a filósofos como Jean-Paul Sartre, que sin su correspondiente dosis de Corydrane (anfetamina + ácido acetilsalicílico), no habría podido acabar su Crítica de la Razón Dialéctica (1960), como él mismo explicó en varias ocasiones. Era una droga además bastante de moda en círculos artísticos e intelectuales.

Philip K. Dick estuvo años al servicio de la semoxydrina (metanfetamina), llegó a escribir, bajo su influjo en solo un año, 11 novelas, varios relatos y ensayos. También tuvo tiempo de divorciarse. 
Pero las experiencias del gran Dick no solo se quedaron con las anfetaminas (sin contar el dudoso efecto benéfico que pudiera brindarle ingerir comida para perros), también probó el LSD, con el que tuvo, como se suele decir en la jerga, un mal viaje.


Sartre & Beauvoir




La dietilamida de ácido lisérgico, también llamado ácido, fue el descubrimiento que en el año 1948 hizo que el químico suizo Albert Hofmann experimentara la apertura de esas famosas puertas de la percepción. 
El LSD, que no es tóxico ni crea adicción, se convirtió en la droga estandarte de la subversión social de los años 60. El neologismo psicodelia, vinculado estrechamente al LSD y otras drogas alucinógenas, quiere decir sencillamente lo que expresa el alma, pues, según sus consumidores, las experiencias bajo los efectos de las drogas psicotrópicas son altamente espirituales.
Así lo consideraba Aldous Huxley, el autor de clásicos como Un mundo feliz, la Isla o Las Puertas de la percepción, donde aparecen distintas sustancias (el famoso soma o setas alucinógenas), cuya importancia es trascendental en sus argumentos. Huxley opinaba que, en el momento del óbito, la persona debía estar más lúcida que nunca, así que dando ejemplo, en su lecho de muerte ingirió LSD.

Hunter Stockton Thompson, escritor y periodista, creador del estilo periodístico gonzo, donde la presencia de drogas y alcohol es común, fue politoxicómano, pero especialmente consumidor de alucinógenos. Su libro Miedo y asco en Las Vegas (1971) es el ejemplo máximo de su estilo descarnado, donde las drogas tienen un protagonismo casi absoluto. Hunter se suicidó en el año 2005.


Hunter




Y es en los años 70, cuando el filósofo alemán Ernst Jünger acuña un nuevo término para los usuarios de estupefacientes: psiconauta, el navegante del alma. Su obra Acercamientos. Drogas y ebriedad (1970) es un compedio de sus extensas experiencias con todo tipo de narcóticos. Pero no es la única, ya 20 años antes había escrito Visita a Godenholm (1952), dedicado a su primera ingestión de LSD. Era gran amigo de Hoffman. Murió con 103 años de edad en 1998 después de convertirse al catolicismo.


Jünger

¿Qué debemos sacar en conclusión? Depende de cada uno. La intención de esta Tabla Esmeralda no es adoctrinar ni acudir a la dosis habitual de moralina.
Las vidas y obras de todos estos escritores (y los de muchos más que nos hemos dejado en el tintero) son elocuentes y no necesitan explicación alguna. Y vosotros, queridos oyentes, ya sois personas adultas y sabéis discernir cuándo una arenga sentenciosa es necesaria. Y este no es el caso.


2 de abril de 2012

¡A comer como los hobbits!

Si sois fans del gran J.R.R. Tolkien, no debéis perderos el siguiente evento que tendrá lugar durante todo el mes de Abril en la ciudad de Zaragoza.
El restaurante La Encantaria, en colaboración con la Sociedad Tolkien, inaugura las I Jornadas Gastronómicas "Come como un hobbit".



Cada plato ha sido especialmente meditado y basado en las características que Tolkien especificó sobre agricultura, ganadería y gastronomía de la Comarca en sus libros; y el resultado lo tenéis aquí: para chuparse los dedos y comer como auténticos señores holbytlan.
Toda la información aquí:


El Menú




La Historia




La Encantaria está en la calle Sevilla nº 7 (tlf 627944502) y se recomienda hacer reserva telefónica.




Y como todos los años, el Smial de Khazad Dûm ( (Delegación zaragozana de la Sociedad Tolkien Española) en colaboración con la Universidad de Zaragoza y Editorial Minotauro, organiza del 11 al 14 de Abril los XI Encuentros con Tolkien en Zaragoza con un programa de actividades muy interesante:

Miércoles 11 de Abril 
19:00h  Aula II de la Facultad de Filosofía y Letras 
Mesa Redonda con los
miembros del Smial sobre El Hobbit.
En ella se hablará de la creación del libro, de las
producciones audiovisuales antiguas y venideras, dudas
argumentales, opiniones...

Jueves 12 de Abril
19:00h Aula II de la Facultad de Filosofía y Letras 
Fernando Cid Lucas, Profesor de la
AEO, Universidad Autónoma de Madrid, impartirá su charla
titulada: “Tolkien: un viaje gastronómico”.


Viernes 13 de Abril 
19:00h Aula II de la Facultad de Filosofía y Letras 
Pilar Escalada, Maya Zapatero y María
Jesús Lanzuela harán una “Introducción a la Magia en Tolkien”,
donde descubriremos los tipos de magia que nos
encontramos en la obra de Tolkien, y que no sólo los magos
la practican.
Seguidamente podremos disfrutar de la actuación en directo de los magos zaragozanos 
Funny Magic Creepy Show.

Sábado 14 de Abril 
 12 a 14h Linacero Café 
Audición:
“Tolkien: Señor del Rock. La Música de Los Anillos” con
Antonio Tenas.


Así que este mes de Abril, todos los fans del universo de Tolkien, tenemos una cita obligada en Mañoland, donde podremos disfrutar de excelentes manjares al más puro estilo hobbit y unas charlas donde aprender mucho más. ¡Salud para todos!

14 de marzo de 2012

El Pequeño Nemo





Los sueños. Esa puerta abierta a los sótanos de la mente humana, donde muchos han querido ver reflejados sus anhelos, miedos e, incluso, el futuro. Esa actividad cerebral nocturna que siempre ha perturbado con su inextricable e inesperada gramática.
Y en la literatura no habría podido ser de otro modo: desde la Epopeya de Gilgamesh hasta la saga de Sandman de Neil Gaiman, los sueños han protagonizado memorables anécdotas donde vamos a
ubicar la obra que esta semana en la Tabla Esmeralda os invitamos a conocer (o recordar):

Little Nemo in Slumberland o El Pequeño Nemo en el País de la Sueños



En la actualidad, gracias a Freud, la Gestalt y más tarde Jung, los sueños son considerados de manera general códigos de nuestro inconsciente para ser analizados e interpretados. Son personales, centelleos de nuestros eventos diarios y preocupaciones a través de una serie de arquetipos comunes a todos los que compartimos el mismo ámbito cultural. Una manera de comunicarnos con nosotros mismos y de que nuestro cerebro se explaye y relaje un poquito. Y así lo hemos ido reflejando en la literatura y artes contemporáneas de forma mayoritaria.


Pero los sueños pueden ser mucho más que eso. Los sueños son la geografía subterránea y mítica de la mente, de caos y sombras, que no nos preparan solo para la vida, sino también para la muerte. 
Podríamos decir que son el despertar del ego, el cual se embarca en una aventura onírica dentro de un submundo en el que aprende a construirse a sí mismo. 
Y así es como sucede en El pequeño Nemo en el País de los Sueños. No se trata de elementos psicológicos que ocurren en la mente del protagonista. El Sueño es un lugar, extraño y turbio, al que se regresa todas las noches y en el que se desarrolla otra vida fantástica paralela a la consciente.

Pero no nos apresuremos... lo primero es lo primero, y es presentaros la obra en cuestión.



Introduciros El Pequeño Nemo en el País de los Sueños no es una tarea cualquiera, ya que nos referimos a la primera obra maestra del mundo del cómic y que ha influido decisivamente en él. Sus recursos narrativos han sido imitados y homenajeados en abundancia y sus ramificaciones llegan hasta el mundo del cine animado contemporáneo.
El 15 de Octubre de 1905 se publicó por primera vez a todo color y con media página de los periódicos de antes (que eran un poquitín más grandes que los actuales), Little Nemo in Slumberland en el New York Herald. Sus páginas fueron la verdadera cuna del cómic, pues en ellas aparecieron los primigenios Buster Brown o Little Sammy Sneeze (también del mismo autor que Little Nemo).  
Más adelante, en 1911 pasaría al New York American cuyo dueño, el magnate William Randolph Hearts (sí, el de Ciudadano Kane) no tardó en extender al resto de sus publicaciones. 
La historia, muy sencilla: las peripecias de un niño pequeño, Nemo (nadie en latín), dentro de sus propios sueños, intentando alcanzar un mundo remoto, Slumberland, tras la llamada de un Rey y su Princesa necesitados de su ayuda. Y allí queda entroncada la historia surrealista de corte fantástico de la que, cada mañana, el pequeño Nemo, despierta sobresaltado.
Su autor fue Winsor McCay, un verdadero genio al que debemos también la primera película de animación de la historia, Gertie el Dinosaurio (1914), que estableció estándares que Walt Disney y otros detrás de él, como Hayao Miyazaki, utilizaron a partir de entonces.




Winsor McCay fue un visionario, que, a parte de historietas como Pesadillas de Cenas indigestas, estaba fascinado por el cine y la animación. Realizó numerosos cortometrajes a los que se dedicó por entero a partir de 1914, abandonando al pequeño Nemo por un tour fabuloso alrededor de todo su país, Estados Unidos, para promocionarlos. Para la historia de la animación también queda la extraordinaria El Hundimiento del Lusitania (1918), un claro empujoncito por parte del autor hacia su patria en su involucración en la I Guerra Mundial. El sentimiento anti-germano de este documental animado sigue, por supuesto, los patrones inherentes a la época.




Retomó de nuevo en 1925 las aventuras del pequeño Nemo durante dos años, y tras su muerte en 1934, su hijo intentó resucitar en dos ocasiones más la historia, pero sin ningún éxito.
Cierto que el Pequeño Nemo en el País de la los Sueños no tuvo una fama categórica en su momento, y ha sido con el transcurrir de los años que esta obra ha ido revalorizándose y se ha reconocido su trascendencia histórica... pero en vida de Winsor McCay tuvo su propio musical de Broadway que se mantuvo durante un año en cartelera, varios editores neoyorquinos pelearon por tenerlo en nómina y tuvo (tiene) bastantes seguidores fieles.
Ciertos capítulos de la serie se encuentran en varios museos. Es el caso del Louvre, que posee el célebre La Noche de las Casas Vivientes o del Museo Metropolitano de Nueva York, donde se expusieron unas valiosas planchas originales recuperadas en 1966.

Winsor McCay

Winsor McCay a través de El pequeño Nemo en el País de los Sueños, puso los cimientos del mundo del cómic, él construyó su lenguaje narrativo prácticamente desde cero.
Su dominio del color a nivel psicológico es impresionante; cómo a través de la gama cromática era capaz de escindir, unir y equilibrar el mundo onírico del real, dotando a la historia de ritmo y delimitando sus contenidos. También su manipulación de la perspectiva, en un equilibrio de líneas y curvas magistral, así como la composición misma de la página, donde las viñetas más que un dibujo estático plasman un dinamismo que evidentemente refieren a las ambiciones de McCay por la animación o el mismo cine, resultan en la actualidad sorprendentes.
A todo esto debemos unirle un bello trazo limpio y elegante, de reminiscencias modernistas y de la ilustración del cuento clásico, y unas historias de aire ingenuo en el que el infinito es el límite.
Y como en todos los cuentos, la oscuridad, la crueldad y la violencia tienen también su lugar, lo que hace de esta obra un maravilloso y poético prodigio donde la razón se expresa por medio de las emociones.
La inspiración de McCay es evidente que provino de muy distintas fuentes: desde el mundo del circo, la prestidigitación, la omnipresente Alicia de Carroll hasta el cine mudo de Méliès, Chomón o el pintor Alphonse Mucha.



Pesadillas de Cenas indigestas 

Y fue su afán experimentador, desbordante de creatividad, el que lo llevó a cotas que muy pocas veces han sido alcanzadas después y que hacen de esta obra un clásico atemporal, fresco y completamente vigente. Insuperable.


El argumento del pequeño Nemo, que antes os hemos citado, es pura magia, la magia de los sueños y cuya exuberancia es totalmente acorde con el despliegue gráfico.
Tras muchas peripecias y conseguir llegar a Slumberland, Nemo, generalmente en pijama, junto a su inicialmente rival Flip (que llevaba un sombrero en el que ponía ¡Despierta!) continuó sus aventuras junto a diversos personajes como el Chico de Caramelo, el doctor Pill, el Rey Morfeo y su hija la Princesa. Y sus aventuras no solo tienen lugar en el reino de Morfeo, Slumberland, sino en el mismo sueño, una realidad alternativa de la que tiene que aprender sus propias reglas para dominarla. Encontramos aquí un preludio a los viajes oníricos de Randolph Carter de Lovecraft: La llave de Plata, A través de las Puertas de la llave de Plata, En busca de la ciudad del Sol Poniente y La Búsqueda en sueños de la ignota Kadath. Nemo y Carter no son testigos pasivos de sus sueños, se asemeja más a un sueño lúcido, y quizá podríamos incluso imaginar que Randolph Carter es Nemo ya adulto, intentando alcanzar todavía sus maravillas.

McCay se enfrenta al eterno enigma femenino

La influencia del pequeño Nemo es inabarcable, no podríamos parar de enumerar ejemplos, porque no debemos olvidar que esta obra es, además de pionera, la madre de la novela gráfica. Alan Moore  y Moebius son dos ejemplos claros de su descendencia.

Moebius, Jean Giraud, nos ha abandonado hace unos días. Una noticia inesperada que nos ha conmocionado.



Pero no todo quedó allí. Existen dos óperas dedicadas al pequeño Nemo, una del año 1908 y otra por estrenar a finales de este año. Adaptaciones al cine y al anime japonés, así como videojuegos y multitud de merchandising.
¿Y dónde podemos conseguir en España esta imprescindible obra?
En nuestro país, hay que ser sinceros, nunca hemos sido muy cuidadosos con la literatura... y mucho menos con, lo que de forma general, denominamos “tebeo”. Con el pequeño Nemo ha sido así también. A lo largo de los años y en diversas editoriales, se han editado de manera incompleta y con más o menos fortuna, la aventuras de Nemo, siendo la de Norma la más fidedigna (la mejor, vamos) aunque solo incluya la primera etapa (1905-1914) en dos gigantescos tomos de precio también gigantesco. Taschen también publicó, con menos esmero pero con un precio bastante más asequible y en un solo tomo, toda la primera etapa. La segunda no está disponible en castellano, lamentablemente, aunque seguro que, si estáis realmente interesados en las fantásticas aventuras de este niño, sabréis buscaros la vida adecuadamente en internet, pues la obra de Winsor McCay ya es de dominio público desde el año 2005.

13 de febrero de 2012

Carrère en su Torre


Bajo el Madrid de los Austrias, se esconde, culebreante, una ciudad subterránea y tenebrosa, refugio de criminales y espíritus pavorosos. Allí, el escritor Emilio Carrère nos presentó las peripecias de Basilio Beltrán, un anti-héroe muy español y algo bobo. Pero esta obra tan original e insólita de por sí, estuvo acompañada de muchas más intrigas y caprichos...



Bien es sabido que la literatura española nunca ha sido conocida por su respeto y gusto por lo fantástico y sobrenatural. El realismo es una de sus características más remarcables (u odiosas, según se vea) y en nuestra patria, esa irritante y cuasi-chauvinista tradición de considerar excéntrica o de menor categoría todo lo que se salga de ese realismo valorado como intrínseco de nuestra literatura, ha provocado que no haya proliferado demasiado. Hay honrosas excepciones, como Huida hacia el pueblo de las muñecas de cera de Ramón Gómez de la Serna, la visionaria El anacronópete de Enrique Gaspar y Gimbau (donde trata los viajes en el tiempo diez años antes que H.G. Wells lo hiciera), Médium de Pío Baroja, las archiconocidas Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer o La ondina del lago azul de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Todas de calidad indudable y que hubieran merecido ser más conocidas entre el gran público (no es el caso de Bécquer, de todas formas). También es cierto que, por el desafecto general de escritores, lectores y crítica, los que se dedicaron en algún momento a este tipo de géneros poco favorecidos por estas tierras, no parieron precisamente obras maestras; muchos pastiches románticos de miasma decimonónico que balbuceaban al estilo de Victor Hugo o emulaban recursos de Edgar Allan Poe.
No es el caso de La Torre de los Siete Jorobados. Una rareza en el panorama español: con una historia llena de rumores y misterios sobre su proceso de creación, que engendró una extravagancia cinematográfica en plena dictadura y, por supuesto, unos protagonistas, en la vida real, como mínimo peculiares. No, nos olvidamos de la propia obra, seguramente la mejor novela que firmó Emilio Carrère en su vida.

Un dandy en Madrid

Emilio Carrère no ha sido un autor muy apreciado en líneas generales en su patria. Francisco Umbral, por ejemplo, no le dedicó concretamente muchas lisonjas y otros autores se han limitado como poco a ignorarlo; aunque es importante resaltar que esas censuras y reproches, no provenían desde la vertiente literaria, sino la política o social.
Cierto es que Emilio Carrère era funcionario. Cierto que no renegó en ningún momento del régimen franquista y que eran conocidas sus tendencias derechistas. Que era un truhán irreverente, bon vivant y un manifiesto burgués aceptado como miembro de pleno derecho en la bohemia madrileña (aunque él renegara de ella). Pero juzgar su vida, acciones o actitudes no forman parte de nuestra intención. Es un feo defecto que se tiene por estos lares. El presente artículo busca simplemente sacar a la luz la historia y protagonistas de una novela magnífica de nuestra literatura, insólita y muy cañí.

Para empezar, nada mejor que presentarlo adecuadamente. Emilio Carrère era hijo natural de un abogado madrileño de cierto prestigio. Su madre, murió al poco de nacer él, y aunque inicialmente su padre no quiso hacerse cargo, más adelante le brindó estabilidad laboral buscándole un puesto en el Tribunal de Cuentas y le legó una sustanciosa herencia al morir. Emilio Carrère siempre sintió fascinación por las artes, la pintura, el teatro, y no tardó en dedicarse a escribir: artículos para diversos periódicos y publicaciones, relatos, poesías... De hecho su obra poética es abundante y rica, considerada, después de un injusto ostracismo, ejemplo lúcido y vital de la bohemia literaria española, del decadentismo modernista junto a colegas como Alejandro Sawa, Rafael Cansinos Assens, Rubén Darío, Pedro Luis de Gálvez o Valle-Inclán.
Emilio Carrère no terminó de encajar ni en la generación del 98 ni en la del 27, quizás porque siempre se preocupó más por seguir su propia senda, contradictoria y en muchas ocasiones caótica.
Pero sí compartió con sus contemporáneos, además de juergas nocturnas o tertulias fascinantes por los cafés madrileños, el ambiente burbujeante y entusiasta de la anteguerra y de las vanguardias. Sus influencias principales procedían allende los Pirineos: el simbolismo noctámbulo de Verlaine, el costumbrismo de Zola y su gran admirado Edgar Allan Poe. Y a esta mezcla tan específica, que no tenía tampoco nada de particular para la época, Carrère unió su afición al esoterismo, la cábala, la teosofía, el espiritismo. No en vano uno de sus amigos fue El Mago Rojo de Logrosán, bautizado en realidad Mario Roso de Luna, que fue el introductor en nuestro país de las doctrinas teosóficas de Helena Blavatsky, a parte de ser abogado, astrónomo, escritor, periodista y...masón. Esta afición por lo heterodoxo de Carrère se plasmó claramente en su obra poética como Del amor, del dolor y del misterio (1915) o Los ojos de los fantasmas (1920). No quedó todo ahí. A Carrère no sólo se le recuerda por su poesía, sino por su vinculación y afán por el auge del cuento y la novela corta. Él mismo se autoproclamó admirador del folletín: sus miras se dirigían a Gastón Leroux, sus raíces se hundían en Paul Féval. El pulp anglosajón, a pesar de que actualmente sea desconocido por una gran mayoría de lectores, era celebrado y consumido en nuestro país gracias a autores como Carrère. Y allí es donde ubicamos La Torre de los Siete Jorobados.



Un gran folletín español

El folletín y las novelas por entregas, en nuestro país, siempre tuvieron gran aceptación. Grandes de la literatura como Galdós (que también se atrevió con algún relato misterioso como La princesa y el granuja) o Enrique P. Escrich acudieron a este formato, no solo como una manera de divulgar sus obras, sino como forma más libre de expresión. Al folletín siempre se le ha acusado de ser desde frívolo, poco exigente con la psicología de sus protagonistas (con estereotipos maniqueos muy evidentes), de estilo ramplón, argumentos inverosímiles y tramas horizontales; hasta de no considerarse siquiera literatura sino una vulgarización de la misma. En verdad el folletín iba dirigido a cualquier tipo de público independientemente de su edad o sexo. Pero considerar esa democratización de la literatura un cúmulo de vicios, nos obligaría a omitir autores como Dickens, Dumas, Balzac, Tolstoi, Salgari, Doyle, Stevenson... la lista se podría alargar mucho más.
Y de ese humus, junto al del pulp como hijo legítimo del folletín, surgió La Torre de los Siete Jorobados. La fantasía, el misterio, lo policiaco y criminal, la magia, lo truculento, el humor... todos estos ingredientes se unieron para formar una novela básicamente de aventuras, pero no en un remoto país africano, no en la meseta del Tíbet o en las llanuras del oeste norteamericano. Ni tan siquiera en la brumosa Londres de Jack el Destripador. No. Todo esto y más, en Madrid. Un repaso al Madrid del chotis, las verbenas, las zarzuelas, el aguardiente y las chulapas. Costumbrismo puro y duro bajo la música del organillo, que mostraba también penumbras y secretos en la presencia de fantasmas, combates astrales, mafias de jorobados y una intrincada Madrid subterránea llena de enigmas... Eso sí, sin perder un sentido del humor muy castizo y a veces absurdo, surrealista. Muy español, vamos.
El argumento tiene de protagonista a un supersticioso joven llamado Basilio, con ciertas capacidades mediúmnicas, mujeriego, amante de la buena vida y con escasas luces. De manera progresiva, se va introduciendo la figura esencial del doctor Robinsón de Mantua, un fantasma que pide a Basilio le ayude a desentrañar el secreto de su asesinato, que una paciente le vaticinó. Es interesante observar la manera en que se presenta este personaje ante Basilio, pues, anticipándose al movimiento surrealista, ocurre en un estado de trance o duermevela, a través de la escritura automática. Pero no debería sorprendernos, Carrère era amante del esoterismo, y este tipo de prácticas de corte espírita eran bien conocidas desde el s. XIX. A partir de la llegada del doctor Robinsón de Mantua, la acción se desarrolla, como en todo buen folletín, de manera rocambolesca y muy amena. Con personajes como el periodista “Duende de la Corte”, que con su brillante perspicacia humilla y ridiculiza el torpe ingenio de Basilio en más de una ocasión; el inspector de policía Martínez Sirio como detective infatigable, o el entrañable don Sindulfo de Arco, epítome del “sabio loco” (su homenaje a Valle-Inclán) y que también aparecía en otra obra de Carrère: La calavera de Atahualpa. Los villanos, muy, muy pero que muy malos, son una cofradía de jorobados dedicados a la falsificación y demás vilezas. Su líder es el doctor Sabatino. Este doctor Sabatino representa la perversidad suma y, por supuesto, es un experto nigromante que dirige e instruye ese terrible cabildo.

La Torre de los siete jorobados es una verdadera gema de la novela de evasión en nuestro país, de lectura accesible y divertida, con todo lo excesivo y estrafalario del folletín y la sabiduría oculta de esa época servidos de manera suculenta y mordaz.

Después de la Guerra Civil, no se volvería a vislumbrar algo similar en estas tierras hasta pasadas muchas décadas. La dictadura supuso el fin del flujo cultural proveniente de otros países; la fantasía, ciencia-ficción o lo misterioso, que se habían comenzado a introducir victoriosamente en el yermo páramo del sempiterno realismo español, falleció antes de que pudiera decir “esta boca es mía”.
Por ello La Torre de los siete jorobados es un tesoro que hay que recordar, redescubrir y/o leer de vez en cuando, tanto por su originalidad como por el misterio que supuso su propia creación...


Quién escribió qué

Emilio Carrère tenía una fama bastante mala. Eso no se puede negar. Le gustaba escandalizar a sus contemporáneos con bufonadas del estilo como que vestía la ropa entregada por un enterrador que, a su vez, se la había sustraído a varios difuntos. Por ello, aseguraba Carrère, olía a “cadaverina” y los perros aullaban a su paso. Pero eso tampoco reviste mayor importancia, las extravagancias entre bohemios se acepta que van en el paquete (incluso se aplauden). Sin embargo, uno de sus defectos, y que le hizo ganar el sobrenombre de “El rey del refrito”, era su forma de escribir y trabajar.
Carrère solía ser una auténtica pesadilla para los editores y revistas: mezclaba sus textos entre sí, entregaba el mismo cambiando el título para que parecieran dos distintos, los reeecribía de nuevo o, simplemente, no entregaba nada y punto.
Así que no fue de extrañar que, con el triunfo que supuso en su momento La Torre de los siete jorobados, surgieran voces, arteras o no, que dudaran de su autoría. Esos chismes no eran descabellados, y tampoco algo inusual en el mundo del folletín, todo hay que decirlo, pero no ha sido hasta en los últimos veinte años que hemos tenido ciertas pruebas de ello.


Jesús de Aragón


Agustín Jaureguízar y Antonio Lejárraga, en los años 1994 y 1995 respectivamente, y en los prólogos de dos obras escritas por el supuesto negro, aventuraron que el “Capitán Sirius”, “Coronel Ignotus” o “J. De Nogara”, había sido en realidad el artífice, no de la obra en sí, sino de amalgamar, completar y recrear La Torre de los siete jorobados. Jesús Palacios, en su prólogo para Valdemar en 1998 de esa misma obra, explica también una audaz filigrana literaria y editorial del que pudo ser su alumbramiento.
Los amantes de la ciencia ficción seguro que ya habrán reconocido los seudónimos que solía utilizar el Julio Verne español: Jesús de Aragón. En esos momentos, de Aragón todavía era un escritor novel y buscaba una editorial que confiara en el indudable talento que más tarde demostraría con 40000 km a bordo del Aeroplano “fantasma”, la Sombra de Casarás o el Continente Aéreo.
¿Y qué utilidad tienen los escritores principiantes de talento para algunos editores?
Es curioso como las circunstancias unieron a dos imprescindibles cabezas a reivindicar de la literatura fantástica española para “trabajar” juntos. Uno ya encumbrado y otro esperando su primera oportunidad.



Pero, ¿qué sucedió en realidad?
El editor Manuel Palomeque se encontraba en un aprieto. Tenía en sus manos un posible best-seller del insigne Emilio Carrère, pero lo era potencialmente, no de facto. El editor le había pedido una novela e incluso se la había abonado antes de echarle un vistazo siquiera. Carrère, como era habitual en él, le había entregado en realidad una remezcla de una novela corta anteriormente publicada en 1920, que a su vez provenía de textos anteriores: El Señor Catafalco y El mal de ojo; junto a otros textos diferentes, embriones de obras futuras. No llegaba para una novela larga completa, y Emilio Carrère se desentendió dejando a Palomeque con todo un señor engorro. Así que el editor, ni corto ni perezoso, se hizo con un negro que hilvanara los variopintos papelotes e incrementara su extensión. Ese negro fue Jesús de Aragón, que tras ese laborioso trabajo, consiguió publicar sus dos primeros libros.
Así nació La Torre de los siete jorobados, en su versión más célebre del año 1924.
¿Deberíamos considerar a Jesús de Aragón co-autor de la obra?
A lo largo del tiempo ha habido diferentes opiniones al respecto, las cuales otorgaban mayor o menor protagonismo a Carrère; aunque los últimos estudios que se han hecho al respecto, más bien indican que de Aragón fue remendando y creando un collage con el material que se le había suministrado. Cierto que tuvo que aportar de su cosecha, pero el verdadero caudal creativo provino de Carrère, especialista en autoplagiarse sin cesar.

Una historia de cine

Este gran éxito literario de la segunda década del s XX tuvo su representación cinematográfica en 1944. Una genuina anomalía del cine español, que no volvería a retomar la temática fantástica hasta los años 60. Su director, Edgar Neville, fue también una buena pieza. Este señor, nacido en 1899, era hijo de un ingeniero inglés acomodado y de la condesa de Berlanga de Duero. Con semejantes antecedentes, podemos sin dificultad hacernos una idea de los afortunados privilegios, escasos en esa época, de los que disfrutó en su infancia y a lo largo de su vida. Era un entusiasta de las artes y gracias a su posición social, pudo codearse con la élite cultural e intelectual anterior a la dictadura: Buñuel, Ortega y Gasset, Falla, Lorca... A pesar de que se licenció en Derecho, Neville era un incondicional del teatro y el cine, y aprovechó su condición de miembro de una familia adinerada para hacer carrera diplomática en Estados Unidos, donde en Hollywood tuvo la oportunidad de aprender del mismísimo Charles Chaplin o codearse con el gran Douglas Fairbanks. Sus años allí fueron muy felices y el trabajo y experiencia adquirida en la Metro Goldwyn-Meyer fue de valor incalculable para lo que sería su futuro como director de cine en España.
Sin ese bagaje, junto a su favorecida posición social y política (cuando regresó a España con la Guerra Civil tomó partido por el bando nacional), no habría sido posible realizar una película como La Torre de los siete jorobados, que brillaba como un diamante en esa época lóbrega entre los filmes propagandísticos del régimen y demás productos folklóricos.


Charles Chaplin & Edgar Neville


Edgar Neville tuvo la osadía de llevar al cine una obra que la Iglesia habría tachado de diabólica y el Estado de un desperdicio. Pero, por supuesto, la adaptó, la camufló para que pasara el filtro de una censura que ni él mismo podía eludir. Añadió personajes y suprimió otros, mitigó significativamente el aporte mágico y sobrenatural y enfatizó el policíaco, simplificó el argumento y la agració con el toque comercial hollywoodiense que resultaba refrescante entre tanta ranciedad patria. Son evidentes las influencias del cine expresionista alemán de Robert Wiene y su El Gabinete del Doctor Caligari en numerosas secuencias, así como una notable ambientación gótica y sombría muy lograda, a pesar del escaso presupuesto. Edgar Neville captó con precisión el sentido de humor castizo y sarcástico tan propio de Carrère, y aunque en general es un film edulcorado supurante de moralina (es hijo de su época), no se le debe restar el mérito (en este caso lo es) de poco convencional y ser un híbrido extraordinario entre lo típico español y lo fantasmagórico. Como el libro.



Por supuesto, su estreno pasó sin mucha pena ni gloria entre público y crítica (al contrario que había sucedido con el libro), lo que no ha ayudado a que, hasta hace escasamente unas semanas, no hayamos podido disponer de copias en una calidad decente. Una verdadera lástima que no se haya decidido hasta ahora restaurarla, teniendo en cuenta que se ganó ya hace tiempo un puesto preponderante en el cine español como precursor y referente del género fantástico. Junto a El Crimen de la calle Bordadores y Domingo de Carnaval (las tres de Edgar Neville además) forman un trío de ases clásico del cine policiaco. Pero tampoco debemos ser tan pesimistas, más vale tarde que nunca aunque eso sí, no os olvidéis de leer el libro antes de lanzaros hacia la película.

¡Ñam, ñam! La Encantaria vuelve a la carga...

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Mi restaurante favorito, La Encantaria de Zaragoza, tras el éxito de las Jornadas Gastronómicas dedicadas al Señor de los Anillos, se atreve con la multipremiada macrosaga de éxito mundial Canción de Hielo y Fuego de George R. R. Martin. No es nuestra serie de novelas favorita precisamente, pero nuestro chef predilecto Joan Rosell nunca defrauda entre fogones y siempre es garantía de qualité en todo lo que se propone.
Así que, tanto si eres seguidor de la serie de televisión, fan de los libros o ambas cosas, no puedes perderte el excelente menú que nos tiene preparado exclusivamente para el mes de Junio, aprovechando que el día 22 se publicará en España la quinta novela Danza de Dragones. 


Si de todas maneras no conoces estos libros, la ocasión es una buena oportunidad para acercarte a ellos porque lo que no le podemos negar a George R. R. Martin es un excelente gusto por la comida (empanadas de lamprea aparte), que expresa con minuciosidad en esta obra.
¿Quieres saber de dónde proceden las recetas? Echa un vistazo aquí:





La Encantaria, para los despistados, está en la calle Sevilla nº 7 (tlf 627944502) en Zaragoza y se recomienda hacer reserva telefónica.






La Encantaria se está labrando una reputación como una de las citas gastronómicas obligadas en Aragón y España para cualquier amante de los libros, el misterio... y la buena música también.
Si os atrevéis a dejaros caer, seguro que no os vais a arrepentir.

¡Buen provecho!

One more beer...

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Esta Tabla Esmeralda está dedicada no a una obra en particular, un autor o un movimiento literario... más bien a la relación siempre especial y tormentosa entre drogas y literatura.
Drogas en el sentido clásico del término: sustancia o preparado medicamentoso de diferentes efectos: narcótico, depresor, estimulante o alucinógeno. No vamos a diferenciar entre drogas legales o ilegales, porque con el transcurrir de los años y la distinta localización geográfica, encontraremos que esa división ha ido cambiando escandalosamente y por muy variados motivos (muchos de ellos completamente ajenos la Salud Pública). Así que hablaremos de alcohol, hachís, opio, LSD, cocaína, anfetaminas... y de lo más importante, de su influencia en el mundo literario, en sus escritores, en sus obras.


Tony Stark discutió largamente con la botella

Debemos aclarar que no fue hasta mediados del s XIX que se comenzó a escribir explícitamente sobre drogas. 
El movimiento Romántico, el decadentismo de los Simbolistas y, más adelante, el escapismo modernista plasmaron una visión nueva sobre estas sustancias que, hasta entonces, había permanecido inédita. Se consumían estupefacientes, eso es innegable, pero hasta entonces las drogas habían pertenecido al ámbito mágico-religioso cumpliendo una función ritual. Sus efectos solo podían experimentarse bajo ciertas premisas, de manera muy controlada y a la que no todo el mundo tenía acceso. Formaban parte de una esfera distinta a la del común humano y su vida. 
La droga en la literatura no era importante en sí misma, lo que realmente  primaba era su efecto, considerado una alegoría. Dos ejemplos claros de esta idea son los lotófagos de la Odisea, donde el loto representa el Olvido; y otro los filtros de amor de la leyenda de Tristán e Iseo, que simboliza la Pasión. 
También hay que tener en cuenta que, con la llegada del cristianismo, todo tipo de revelación mística de tipo chamánico se veía con suspicacia. Esa experiencia extática donde el sujeto se unía a su dios o trascendía a una realidad superior espiritual, era considerada una amenaza, una herejía; y los cultos iniciáticos donde proliferaban sustancias psicoactivas fueron relegados al olvido o considerados demoníacos.


Los tortolitos de Tristán e Isolda

Pero la Edad Media quedó atrás, llegó el Renacimiento y luego la Era de la Razón. Y enfrentado en cierta manera al objetivismo y materialismo del Siglo de las Luces, surgió el movimiento Romántico.
Con la dispersión del idealismo filosófico alemán liderado por Kant, Schelling o Hegel por Europa, donde la aprehensión del mundo se estimaba que dependía en gran parte de la mente del propio observador, las drogas, como alteradoras de esta mente, se posicionaron como una vía lícita de experimentar y tratar de percibir nuestra realidad de manera distinta, lo que las convirtió en una herramienta más para lograr conocimiento. 
Así, en la Literatura, se busca a través de las drogas verter estas nuevas perspectivas de la realidad, también tomar parte activa y modificarla directamente. La cita de William Blake, que luego fue reutilizada por Huxley, es el paradigma de esta nueva sensibilidad:

Si las puertas de la percepción se purificaran, todo se le aparecería al hombre como es, infinito


William Blake, El Gran Dragón Rojo (1810)



La idealización de estas sustancias fue evidente, y se conviertieron en la bandera de todo artista bohemio que se preciara de la época, aunque le llevara a la muerte. 
Pero todo hay que decirlo: existían más posibilidades de que el fallecimiento encontrara sus causas en la tuberculosis, sífilis o el hambre. 
Su estandarte más reconocible fue el famoso “Club del Hachís” del hotel Pimodan en París, fundado por Theóphile Gautier y Jacques-Joseph Moreau. En él se dejaron caer bohemios insignes como Charles Baudelaire, Alejandro Dumas o el pintor Delacroix. Así se expresó Arthur Rimbaud al respecto:


A través de un razonado desarreglo de los sentidos, es precisa una alquimia verbal que, nacida de una alucinación de los sentidos, se exprese como alucinación de las palabras, y estas alucinaciones tendrán el poder de cambiar la vida .


Hay que matizar que el uso del hachís, opio o morfina se hizo común también entre el resto de la población, no era una rareza, aunque no estaba muy bien vista.

Con la llegada del s. XX, aunque se mantiene esa visión idealizada del estupefaciente, surge un nuevo horizonte gracias a la heroína de Bayer, la femme fatale de las drogas.  Fue concebida como una salvación para los morfinómanos, capaz de otorgar placeres inimaginables y dolor sin fin. 
Esta nueva visión fue esbozada con anterioridad por Thomas de Quincey, y se centraba en la adicción, la autodestrucción, la enfermedad. 
En definitiva, el yonqui. 
Se comenzó a temer a estas sustancias que altera(ba)n la mente y el cuerpo. 
El Convenio Internacional de La Haya de 1912 restringió el consumo de opio, sus derivados y la cocaína. 
La concepción social sobre las drogas empezó a virar.
De la Metafísica de los románticos y su rebeldía anti-burguesa, basculamos hacia la Física marginal y tragedia personal del toxicómano. 
De la búsqueda de sensaciones más intensas, la ensoñación y la exploración del inconsciente; pasamos a un existencialismo nihilista, en el que la voluntad ha sido doblegada y la búsqueda ha mutado a pasividad y vacío.
Las Puertas de la Percepción de William Blake se abrieron de par en par para ofrecer un paisaje de horizontes llenos de belleza y horror a la vez, mucho más amplios de lo esperado...

Las drogas, en el plano literario, seguirían mostrando esa mirada de rebeldía y belleza decadente sublimadas, como entre los escritores de la Generación Beat, pero sin obviar su vertiente destructora y degenerada que plasma la lucha por el control de la voluntad y el propio organismo biológico.
Y las preguntas obvias son: 
¿Les debemos a las drogas muchas de las grandes obras de estos dos últimos siglos? 
¿Han sido ellas la causa de que despertaran los genios?


Jack Kerouac, afecto a sustancias peligrosas


Es muy complicado hacer una aseveración general sobre un tema tan rico en matices y particularidades. Pero lo que está claro, es que no está en la naturaleza del estupefaciente añadir algo nuevo a la mente de un autor. Solo amplifica, distorsiona la materia prima ya existente.

Son muchos los escritores y de diferentes estilos literarios, los que se han dejado fascinar, envolver y conquistar por los narcóticos; afamados e ignorados. Así que acudiremos a estas mismas sustancias para hablaros de algunos de ellos, no todos, es imposible, y así podáis conocer algo más de sus hábitos y adicciones que, por tabú social, se suelen evitar.


Mi amiga la botella

El alcohol es uno de los estupefacientes más populares a nivel social y que más aceptación tienen. Se ha consumido, a diferencia de otras drogas, también fuera del ámbito mágico-religioso por su relativa sencilla obtención y producción. 


Edgar Allan Poe fue una de sus víctimas, y su vida estuvo marcada por su consumo abusivo así como por periodos de abstinencia total. ¿Y cómo presentar a Poe sin que parezca algo innecesario? No se puede, pero debemos reseñar que se trató de uno de los grandes renovadores de la literatura gótica y de terror, precursor de la novela de detectives y la de ciencia-ficción. Su influencia se extendió más allá del mundo de la literatura y se convirtió en símbolo romántico para miles de artistas. Su trágica y corta vida solo echó más leña a su leyenda oscura; y su condición de alcohólico fue una punta de lanza utilizada por sus detractores para desmerecer su obra. Pero no se tiene constancia de que escribiera sus relatos e historias ebrio y en Poe encontramos la figura del toxicómano que no lo es por elección consciente, sino quizás por carga genética (su padre y hermano eran grandes bebedores) y presión social; lo que lo diferenciaba de muchos otros escritores toxicómanos que buscaban en las drogas otro tipo de evasión más lúdico.

Podemos ir más atrás en el tiempo para hallar escritores fans de las bebidas alcohólicas: Ovidio. No debemos sorprendernos, pues la propia cultura romana clásica alentaba sobre todo el consumo de vino, considerándolo indispensable en la vida diaria para cualquiera... incluidos mujeres y esclavos. Por supuesto, extendieron su cultivo allá por donde fueron. No faltaron obras escritas sobre la vid, de Catón el Viejo, Virgilio o Varrón. Pero es en Ovidio en el que ponemos nuestra atención hoy con una elegía, donde nos presenta al vino de manera ambivalente y... cómo afecta en los trances amorosos.

Así que, cuando te sirvan los dones de Baco, puesto sobre la mesa, y te toque como compañera en el lecho contiguo una mujer, suplica (...) a los ritos sagrados de la noche que no permitan que el vino te haga perder la cabeza.  En ese momento tienes oportunidad de decir muchas cosas escondiéndolas en frases de doble sentido, que ella comprenda que van referidas a sí, y garabatear tiernas lindezas con un poco de vino, de forma que pueda leer sobre la mesa que ella es tu dueña; y mírala a los ojos con ojos que declaren tu pasión ardiente: muchas veces un rostro silencioso tiene voz y palabras. (...) Camino seguro y duradero es engañarle bajo apariencia de amistad; más, aunque sea seguro y duradero el camino, entraña delito.(...)
Yo te daré la medida justa en la que debes beber: que tu mente y tus pies puedan cumplir su cometido. Ten cuidado con las disputas a las que el vino predispone especialmente, y con las manos demasiado proclives a peleas feroces.(...) 


Bukowski empinando el codo

Más cercano en el tiempo, tenemos a uno de los escritores borrachuzos por antonomasia y cuya actitud vital siempre fue ejemplo de inconformismo. Su estilo literario fue denominado realismo sucio y sus panegíricos dedicados al alcohol, haciendo gala de un procaz orgullo de su alcoholismo, son ya conocidos en todo el planeta; nos referimos a Charles Bukowski, que no se sonrojaba al reconocer que si no hubiera sido por el alcohol, no habría sido capaz de escribir una sola línea. Suyas son las siguientes palabras:

El alcohol te da la liberación de un sueño sin la falta de vitalidad de las drogas



minuto 1:14

El celebérrimo Stephen King también tuvo sus más y sus menos con el alcohol (y también otras drogas). Durante toda la década de los 80 su vida fue un continua melopea y él mismo reconoce no recordar el haber escrito según qué libros.


La Nieve andina y los hijos del Dragón




La cocaína, que llegó a Europa en el s XIX, también tuvo una difusión importante entre literatos.
Se convirtió en una droga intelectual, Sigmund Freud alababa sus virtudes y Conan Doyle convirtió a Sherlock Holmes en un adicto. 


Es conocida también la anécdota de que Stevenson escribió su El Extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde (1886) en seis días sin casi dormir gracias a la ayuda de esta sustancia. 
Hermann Hesse y su Lobo Estepario (1927) ofrecen continuas referencias al consumo de cocaína y Aleister Crowley, en la que fue su primera obra, Diario de un drogadicto (1922), no escatima detalles en sus diversas adicciones, en la que destaca la de la cocaína.

La heroína también ha tenido sus campeones literarios, como el inmisericorde William Burroughs, que en su Yonqui (1953), describía las miserias de su adicción de manera innovadora, cruda y magistral.

La droga es una inoculación de muerte que mantiene el cuerpo en condición de emergencia... nos decía. 

Burroughs, Madonna y el porro


Son los opiáceos en general, y el propio opio, los que han derramado sobre la humanidad una lluvia continua de angustias y deleites sin fin.
Fue Samuel Taylor Coleridge y su poema Kubla Khan (1797) el que dio el pistoletazo de salida a las descripciones y experiencias narcóticas. Lo escribió persiguiendo al dragón, y muchos después seguirían sus pasos.  
La obra más importante dedicada al opio fue la de Thomas de Quincey, Confesiones de un comedor inglés de opio (1821). Esta obra además supuso un antes y un después para la literatura universal. 
A causa de un persistente dolor de muelas, de Quincey comenzó a tomar láudano, la forma más común de por entonces de consumir opio. Se hizo un gran consumidor, sobre los 330 gramos diarios, y lo que en principio era una necesidad, se convirtió en placer e, incluso, símbolo de distinción social. Y así comenzó a escribirlo... pero escribió absolutamente todo, incluido el infierno que vivió después. Describió con precisión quirúrgica los detalles de los horrores del juego perverso de su adicción... y de transgredir las normas sociales. Lo hizo sin ningún tipo de eufemismo ni consigna moral, lo que casi se consideró una blasfemia. Este confesiones de un comedor inglés de opio  fue el molde que más adelante utilizaron otros escritores drogodependientes para narrar sus experiencias. Con de Quincey se inauguró el concepto recreativo del consumo de drogas, un escape a lo que Baudelaire llamaría  Paraísos Artificiales. Paraísos, por el placer brindado; artificiales, por su irrealidad.


De Quincey, primer drogata de la literatura




El Cáñamo


La marihuana y derivados como el hachís o quif, también han tenido, y muy abundantes, sus adeptos en la literatura. 
Quizás la obra más conocida al respecto sea la del poeta francés Charles Baudelaire Los paraísos artificiales (1860), en la que hace flaco favor a esta resina (y al opio), a pesar de que se considere de manera general y errónea, una apología sobre su consumo.

Pero no íbamos a dejar las letras castellanas fuera de todo este guirigay de estupefacientes. Ramón del Valle-Inclán fue un gran consumidor de hachís durante toda su vida. 
En el año 1910 dio una conferencia en la ciudad de Buenos Aires sobre Los excitantes en la literatura. Peligros y Ventajas. Vinculaba sus experiencias con la búsqueda espiritual y, en 1919, escribió un poema, la Pipa de Kif, dedicado al hachís, a la que llamaba la dama de la ardiente cabellera. 



LA PIPA DE KIF

Mis sentidos tornan a ser infantiles,

tiene el mundo una gracia matinal,

mis sentidos como gayos tamboriles

cantan en la entraña del azul cristal.

Con rítmicos saltos plenos de alegría,

cabalga en el humo de mi pipa Puk,

su risa en la entraña délfica del día

mueve el ritmo órfico amado de Gluk.

Alumbran mi copta conciencia hipostática

las míticas luces de un indo avatar,

que muda mi vieja sonrisa socrática

en la risa joven del Numen Solar.

Divino penacho de la frente triste,

en mi pipa el humo da su grito azul,

mi sangre gozosa claridad asiste

si quemo la Verde Yerba de Estambul.

Voluta de humo, vágula cimera,

tú eres en mi frente la última ilusión

de aquella riente, niña Primavera

que movió la rosa de mi corazón.

Niña Primavera, dueña de los linos

celestes, Princesa Corazón de Abril,

peregrina siempre sobre mis caminos

mundanos. Tú eres mi «spirto gentil».

¡Y jamás le nieguen tus cabellos de oro

jarcias a mi barca, toda de cristal,

la barca fragante que guarda el tesoro

de aromas y gemas de un cuento oriental!

El ritmo del orbe en mi ritmo asumo,

cuando por ti quemo la Pipa de Kif,

y llegas mecida en la onda del humo

azul, que te evoca como un «leit-motif».

Tu luz es la esencia del canto que invoca

la Aurora vestida de rosado tul,

el divino canto que no tiene boca

y el amor provoca con su voz azul.

¡Encendida rosa! ¡Encendido toro!

¡Encendidos números que rimó Platón!

¡Encendidas normas por donde va el coro

del mundo: está el mundo en mi corazón!

Si tú me abandonas, gracia del hachic,

me embozo en la capa y apago la luz.

Ya puede tentarme la Reina del Chic:

no dejo la capa y le hago la +.


Su relación con el cannabis comenzó sobre los veinte años y fue, junto a la de la literatura, inalterable y fiel hasta el día de su muerte.


Otros como el cubano José Martí también dedicaron letras al hachís, donde no lo considera un paraíso artificial, sino una realidad añorada, un éxtasis místico.
Y cómo no, el gran Horacio Quiroga, uruguayo de nacimiento, y uno de los grandes maestros del relato corto de la literatura hispanoamericana. Su vida atormentada se vió cercada continuamente por el suicidio, las estrecheces económicas y su consumo de cloroformo y hachís. Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte (1917) es, sin duda, su mejor obra; aunque no podemos obviar el cuento realista Hachís, donde describe meticulosamente sus experiencias.


Horacio Quiroga (1878-1937)


Anfetas y campos de fresas sin fin

Las drogas sintéticas, como las variedades de anfetaminas o el cataclismo de Hofmann: el LSD, también han inspirado las mentes de bastantes escritores a lo largo del s. XX, incluso a filósofos como Jean-Paul Sartre, que sin su correspondiente dosis de Corydrane (anfetamina + ácido acetilsalicílico), no habría podido acabar su Crítica de la Razón Dialéctica (1960), como él mismo explicó en varias ocasiones. Era una droga además bastante de moda en círculos artísticos e intelectuales.

Philip K. Dick estuvo años al servicio de la semoxydrina (metanfetamina), llegó a escribir, bajo su influjo en solo un año, 11 novelas, varios relatos y ensayos. También tuvo tiempo de divorciarse. 
Pero las experiencias del gran Dick no solo se quedaron con las anfetaminas (sin contar el dudoso efecto benéfico que pudiera brindarle ingerir comida para perros), también probó el LSD, con el que tuvo, como se suele decir en la jerga, un mal viaje.


Sartre & Beauvoir




La dietilamida de ácido lisérgico, también llamado ácido, fue el descubrimiento que en el año 1948 hizo que el químico suizo Albert Hofmann experimentara la apertura de esas famosas puertas de la percepción. 
El LSD, que no es tóxico ni crea adicción, se convirtió en la droga estandarte de la subversión social de los años 60. El neologismo psicodelia, vinculado estrechamente al LSD y otras drogas alucinógenas, quiere decir sencillamente lo que expresa el alma, pues, según sus consumidores, las experiencias bajo los efectos de las drogas psicotrópicas son altamente espirituales.
Así lo consideraba Aldous Huxley, el autor de clásicos como Un mundo feliz, la Isla o Las Puertas de la percepción, donde aparecen distintas sustancias (el famoso soma o setas alucinógenas), cuya importancia es trascendental en sus argumentos. Huxley opinaba que, en el momento del óbito, la persona debía estar más lúcida que nunca, así que dando ejemplo, en su lecho de muerte ingirió LSD.

Hunter Stockton Thompson, escritor y periodista, creador del estilo periodístico gonzo, donde la presencia de drogas y alcohol es común, fue politoxicómano, pero especialmente consumidor de alucinógenos. Su libro Miedo y asco en Las Vegas (1971) es el ejemplo máximo de su estilo descarnado, donde las drogas tienen un protagonismo casi absoluto. Hunter se suicidó en el año 2005.


Hunter




Y es en los años 70, cuando el filósofo alemán Ernst Jünger acuña un nuevo término para los usuarios de estupefacientes: psiconauta, el navegante del alma. Su obra Acercamientos. Drogas y ebriedad (1970) es un compedio de sus extensas experiencias con todo tipo de narcóticos. Pero no es la única, ya 20 años antes había escrito Visita a Godenholm (1952), dedicado a su primera ingestión de LSD. Era gran amigo de Hoffman. Murió con 103 años de edad en 1998 después de convertirse al catolicismo.


Jünger

¿Qué debemos sacar en conclusión? Depende de cada uno. La intención de esta Tabla Esmeralda no es adoctrinar ni acudir a la dosis habitual de moralina.
Las vidas y obras de todos estos escritores (y los de muchos más que nos hemos dejado en el tintero) son elocuentes y no necesitan explicación alguna. Y vosotros, queridos oyentes, ya sois personas adultas y sabéis discernir cuándo una arenga sentenciosa es necesaria. Y este no es el caso.


¡A comer como los hobbits!

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Si sois fans del gran J.R.R. Tolkien, no debéis perderos el siguiente evento que tendrá lugar durante todo el mes de Abril en la ciudad de Zaragoza.
El restaurante La Encantaria, en colaboración con la Sociedad Tolkien, inaugura las I Jornadas Gastronómicas "Come como un hobbit".



Cada plato ha sido especialmente meditado y basado en las características que Tolkien especificó sobre agricultura, ganadería y gastronomía de la Comarca en sus libros; y el resultado lo tenéis aquí: para chuparse los dedos y comer como auténticos señores holbytlan.
Toda la información aquí:


El Menú




La Historia




La Encantaria está en la calle Sevilla nº 7 (tlf 627944502) y se recomienda hacer reserva telefónica.




Y como todos los años, el Smial de Khazad Dûm ( (Delegación zaragozana de la Sociedad Tolkien Española) en colaboración con la Universidad de Zaragoza y Editorial Minotauro, organiza del 11 al 14 de Abril los XI Encuentros con Tolkien en Zaragoza con un programa de actividades muy interesante:

Miércoles 11 de Abril 
19:00h  Aula II de la Facultad de Filosofía y Letras 
Mesa Redonda con los
miembros del Smial sobre El Hobbit.
En ella se hablará de la creación del libro, de las
producciones audiovisuales antiguas y venideras, dudas
argumentales, opiniones...

Jueves 12 de Abril
19:00h Aula II de la Facultad de Filosofía y Letras 
Fernando Cid Lucas, Profesor de la
AEO, Universidad Autónoma de Madrid, impartirá su charla
titulada: “Tolkien: un viaje gastronómico”.


Viernes 13 de Abril 
19:00h Aula II de la Facultad de Filosofía y Letras 
Pilar Escalada, Maya Zapatero y María
Jesús Lanzuela harán una “Introducción a la Magia en Tolkien”,
donde descubriremos los tipos de magia que nos
encontramos en la obra de Tolkien, y que no sólo los magos
la practican.
Seguidamente podremos disfrutar de la actuación en directo de los magos zaragozanos 
Funny Magic Creepy Show.

Sábado 14 de Abril 
 12 a 14h Linacero Café 
Audición:
“Tolkien: Señor del Rock. La Música de Los Anillos” con
Antonio Tenas.


Así que este mes de Abril, todos los fans del universo de Tolkien, tenemos una cita obligada en Mañoland, donde podremos disfrutar de excelentes manjares al más puro estilo hobbit y unas charlas donde aprender mucho más. ¡Salud para todos!

El Pequeño Nemo

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Los sueños. Esa puerta abierta a los sótanos de la mente humana, donde muchos han querido ver reflejados sus anhelos, miedos e, incluso, el futuro. Esa actividad cerebral nocturna que siempre ha perturbado con su inextricable e inesperada gramática.
Y en la literatura no habría podido ser de otro modo: desde la Epopeya de Gilgamesh hasta la saga de Sandman de Neil Gaiman, los sueños han protagonizado memorables anécdotas donde vamos a
ubicar la obra que esta semana en la Tabla Esmeralda os invitamos a conocer (o recordar):

Little Nemo in Slumberland o El Pequeño Nemo en el País de la Sueños



En la actualidad, gracias a Freud, la Gestalt y más tarde Jung, los sueños son considerados de manera general códigos de nuestro inconsciente para ser analizados e interpretados. Son personales, centelleos de nuestros eventos diarios y preocupaciones a través de una serie de arquetipos comunes a todos los que compartimos el mismo ámbito cultural. Una manera de comunicarnos con nosotros mismos y de que nuestro cerebro se explaye y relaje un poquito. Y así lo hemos ido reflejando en la literatura y artes contemporáneas de forma mayoritaria.


Pero los sueños pueden ser mucho más que eso. Los sueños son la geografía subterránea y mítica de la mente, de caos y sombras, que no nos preparan solo para la vida, sino también para la muerte. 
Podríamos decir que son el despertar del ego, el cual se embarca en una aventura onírica dentro de un submundo en el que aprende a construirse a sí mismo. 
Y así es como sucede en El pequeño Nemo en el País de los Sueños. No se trata de elementos psicológicos que ocurren en la mente del protagonista. El Sueño es un lugar, extraño y turbio, al que se regresa todas las noches y en el que se desarrolla otra vida fantástica paralela a la consciente.

Pero no nos apresuremos... lo primero es lo primero, y es presentaros la obra en cuestión.



Introduciros El Pequeño Nemo en el País de los Sueños no es una tarea cualquiera, ya que nos referimos a la primera obra maestra del mundo del cómic y que ha influido decisivamente en él. Sus recursos narrativos han sido imitados y homenajeados en abundancia y sus ramificaciones llegan hasta el mundo del cine animado contemporáneo.
El 15 de Octubre de 1905 se publicó por primera vez a todo color y con media página de los periódicos de antes (que eran un poquitín más grandes que los actuales), Little Nemo in Slumberland en el New York Herald. Sus páginas fueron la verdadera cuna del cómic, pues en ellas aparecieron los primigenios Buster Brown o Little Sammy Sneeze (también del mismo autor que Little Nemo).  
Más adelante, en 1911 pasaría al New York American cuyo dueño, el magnate William Randolph Hearts (sí, el de Ciudadano Kane) no tardó en extender al resto de sus publicaciones. 
La historia, muy sencilla: las peripecias de un niño pequeño, Nemo (nadie en latín), dentro de sus propios sueños, intentando alcanzar un mundo remoto, Slumberland, tras la llamada de un Rey y su Princesa necesitados de su ayuda. Y allí queda entroncada la historia surrealista de corte fantástico de la que, cada mañana, el pequeño Nemo, despierta sobresaltado.
Su autor fue Winsor McCay, un verdadero genio al que debemos también la primera película de animación de la historia, Gertie el Dinosaurio (1914), que estableció estándares que Walt Disney y otros detrás de él, como Hayao Miyazaki, utilizaron a partir de entonces.




Winsor McCay fue un visionario, que, a parte de historietas como Pesadillas de Cenas indigestas, estaba fascinado por el cine y la animación. Realizó numerosos cortometrajes a los que se dedicó por entero a partir de 1914, abandonando al pequeño Nemo por un tour fabuloso alrededor de todo su país, Estados Unidos, para promocionarlos. Para la historia de la animación también queda la extraordinaria El Hundimiento del Lusitania (1918), un claro empujoncito por parte del autor hacia su patria en su involucración en la I Guerra Mundial. El sentimiento anti-germano de este documental animado sigue, por supuesto, los patrones inherentes a la época.




Retomó de nuevo en 1925 las aventuras del pequeño Nemo durante dos años, y tras su muerte en 1934, su hijo intentó resucitar en dos ocasiones más la historia, pero sin ningún éxito.
Cierto que el Pequeño Nemo en el País de la los Sueños no tuvo una fama categórica en su momento, y ha sido con el transcurrir de los años que esta obra ha ido revalorizándose y se ha reconocido su trascendencia histórica... pero en vida de Winsor McCay tuvo su propio musical de Broadway que se mantuvo durante un año en cartelera, varios editores neoyorquinos pelearon por tenerlo en nómina y tuvo (tiene) bastantes seguidores fieles.
Ciertos capítulos de la serie se encuentran en varios museos. Es el caso del Louvre, que posee el célebre La Noche de las Casas Vivientes o del Museo Metropolitano de Nueva York, donde se expusieron unas valiosas planchas originales recuperadas en 1966.

Winsor McCay

Winsor McCay a través de El pequeño Nemo en el País de los Sueños, puso los cimientos del mundo del cómic, él construyó su lenguaje narrativo prácticamente desde cero.
Su dominio del color a nivel psicológico es impresionante; cómo a través de la gama cromática era capaz de escindir, unir y equilibrar el mundo onírico del real, dotando a la historia de ritmo y delimitando sus contenidos. También su manipulación de la perspectiva, en un equilibrio de líneas y curvas magistral, así como la composición misma de la página, donde las viñetas más que un dibujo estático plasman un dinamismo que evidentemente refieren a las ambiciones de McCay por la animación o el mismo cine, resultan en la actualidad sorprendentes.
A todo esto debemos unirle un bello trazo limpio y elegante, de reminiscencias modernistas y de la ilustración del cuento clásico, y unas historias de aire ingenuo en el que el infinito es el límite.
Y como en todos los cuentos, la oscuridad, la crueldad y la violencia tienen también su lugar, lo que hace de esta obra un maravilloso y poético prodigio donde la razón se expresa por medio de las emociones.
La inspiración de McCay es evidente que provino de muy distintas fuentes: desde el mundo del circo, la prestidigitación, la omnipresente Alicia de Carroll hasta el cine mudo de Méliès, Chomón o el pintor Alphonse Mucha.



Pesadillas de Cenas indigestas 

Y fue su afán experimentador, desbordante de creatividad, el que lo llevó a cotas que muy pocas veces han sido alcanzadas después y que hacen de esta obra un clásico atemporal, fresco y completamente vigente. Insuperable.


El argumento del pequeño Nemo, que antes os hemos citado, es pura magia, la magia de los sueños y cuya exuberancia es totalmente acorde con el despliegue gráfico.
Tras muchas peripecias y conseguir llegar a Slumberland, Nemo, generalmente en pijama, junto a su inicialmente rival Flip (que llevaba un sombrero en el que ponía ¡Despierta!) continuó sus aventuras junto a diversos personajes como el Chico de Caramelo, el doctor Pill, el Rey Morfeo y su hija la Princesa. Y sus aventuras no solo tienen lugar en el reino de Morfeo, Slumberland, sino en el mismo sueño, una realidad alternativa de la que tiene que aprender sus propias reglas para dominarla. Encontramos aquí un preludio a los viajes oníricos de Randolph Carter de Lovecraft: La llave de Plata, A través de las Puertas de la llave de Plata, En busca de la ciudad del Sol Poniente y La Búsqueda en sueños de la ignota Kadath. Nemo y Carter no son testigos pasivos de sus sueños, se asemeja más a un sueño lúcido, y quizá podríamos incluso imaginar que Randolph Carter es Nemo ya adulto, intentando alcanzar todavía sus maravillas.

McCay se enfrenta al eterno enigma femenino

La influencia del pequeño Nemo es inabarcable, no podríamos parar de enumerar ejemplos, porque no debemos olvidar que esta obra es, además de pionera, la madre de la novela gráfica. Alan Moore  y Moebius son dos ejemplos claros de su descendencia.

Moebius, Jean Giraud, nos ha abandonado hace unos días. Una noticia inesperada que nos ha conmocionado.



Pero no todo quedó allí. Existen dos óperas dedicadas al pequeño Nemo, una del año 1908 y otra por estrenar a finales de este año. Adaptaciones al cine y al anime japonés, así como videojuegos y multitud de merchandising.
¿Y dónde podemos conseguir en España esta imprescindible obra?
En nuestro país, hay que ser sinceros, nunca hemos sido muy cuidadosos con la literatura... y mucho menos con, lo que de forma general, denominamos “tebeo”. Con el pequeño Nemo ha sido así también. A lo largo de los años y en diversas editoriales, se han editado de manera incompleta y con más o menos fortuna, la aventuras de Nemo, siendo la de Norma la más fidedigna (la mejor, vamos) aunque solo incluya la primera etapa (1905-1914) en dos gigantescos tomos de precio también gigantesco. Taschen también publicó, con menos esmero pero con un precio bastante más asequible y en un solo tomo, toda la primera etapa. La segunda no está disponible en castellano, lamentablemente, aunque seguro que, si estáis realmente interesados en las fantásticas aventuras de este niño, sabréis buscaros la vida adecuadamente en internet, pues la obra de Winsor McCay ya es de dominio público desde el año 2005.

Carrère en su Torre

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Bajo el Madrid de los Austrias, se esconde, culebreante, una ciudad subterránea y tenebrosa, refugio de criminales y espíritus pavorosos. Allí, el escritor Emilio Carrère nos presentó las peripecias de Basilio Beltrán, un anti-héroe muy español y algo bobo. Pero esta obra tan original e insólita de por sí, estuvo acompañada de muchas más intrigas y caprichos...



Bien es sabido que la literatura española nunca ha sido conocida por su respeto y gusto por lo fantástico y sobrenatural. El realismo es una de sus características más remarcables (u odiosas, según se vea) y en nuestra patria, esa irritante y cuasi-chauvinista tradición de considerar excéntrica o de menor categoría todo lo que se salga de ese realismo valorado como intrínseco de nuestra literatura, ha provocado que no haya proliferado demasiado. Hay honrosas excepciones, como Huida hacia el pueblo de las muñecas de cera de Ramón Gómez de la Serna, la visionaria El anacronópete de Enrique Gaspar y Gimbau (donde trata los viajes en el tiempo diez años antes que H.G. Wells lo hiciera), Médium de Pío Baroja, las archiconocidas Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer o La ondina del lago azul de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Todas de calidad indudable y que hubieran merecido ser más conocidas entre el gran público (no es el caso de Bécquer, de todas formas). También es cierto que, por el desafecto general de escritores, lectores y crítica, los que se dedicaron en algún momento a este tipo de géneros poco favorecidos por estas tierras, no parieron precisamente obras maestras; muchos pastiches románticos de miasma decimonónico que balbuceaban al estilo de Victor Hugo o emulaban recursos de Edgar Allan Poe.
No es el caso de La Torre de los Siete Jorobados. Una rareza en el panorama español: con una historia llena de rumores y misterios sobre su proceso de creación, que engendró una extravagancia cinematográfica en plena dictadura y, por supuesto, unos protagonistas, en la vida real, como mínimo peculiares. No, nos olvidamos de la propia obra, seguramente la mejor novela que firmó Emilio Carrère en su vida.

Un dandy en Madrid

Emilio Carrère no ha sido un autor muy apreciado en líneas generales en su patria. Francisco Umbral, por ejemplo, no le dedicó concretamente muchas lisonjas y otros autores se han limitado como poco a ignorarlo; aunque es importante resaltar que esas censuras y reproches, no provenían desde la vertiente literaria, sino la política o social.
Cierto es que Emilio Carrère era funcionario. Cierto que no renegó en ningún momento del régimen franquista y que eran conocidas sus tendencias derechistas. Que era un truhán irreverente, bon vivant y un manifiesto burgués aceptado como miembro de pleno derecho en la bohemia madrileña (aunque él renegara de ella). Pero juzgar su vida, acciones o actitudes no forman parte de nuestra intención. Es un feo defecto que se tiene por estos lares. El presente artículo busca simplemente sacar a la luz la historia y protagonistas de una novela magnífica de nuestra literatura, insólita y muy cañí.

Para empezar, nada mejor que presentarlo adecuadamente. Emilio Carrère era hijo natural de un abogado madrileño de cierto prestigio. Su madre, murió al poco de nacer él, y aunque inicialmente su padre no quiso hacerse cargo, más adelante le brindó estabilidad laboral buscándole un puesto en el Tribunal de Cuentas y le legó una sustanciosa herencia al morir. Emilio Carrère siempre sintió fascinación por las artes, la pintura, el teatro, y no tardó en dedicarse a escribir: artículos para diversos periódicos y publicaciones, relatos, poesías... De hecho su obra poética es abundante y rica, considerada, después de un injusto ostracismo, ejemplo lúcido y vital de la bohemia literaria española, del decadentismo modernista junto a colegas como Alejandro Sawa, Rafael Cansinos Assens, Rubén Darío, Pedro Luis de Gálvez o Valle-Inclán.
Emilio Carrère no terminó de encajar ni en la generación del 98 ni en la del 27, quizás porque siempre se preocupó más por seguir su propia senda, contradictoria y en muchas ocasiones caótica.
Pero sí compartió con sus contemporáneos, además de juergas nocturnas o tertulias fascinantes por los cafés madrileños, el ambiente burbujeante y entusiasta de la anteguerra y de las vanguardias. Sus influencias principales procedían allende los Pirineos: el simbolismo noctámbulo de Verlaine, el costumbrismo de Zola y su gran admirado Edgar Allan Poe. Y a esta mezcla tan específica, que no tenía tampoco nada de particular para la época, Carrère unió su afición al esoterismo, la cábala, la teosofía, el espiritismo. No en vano uno de sus amigos fue El Mago Rojo de Logrosán, bautizado en realidad Mario Roso de Luna, que fue el introductor en nuestro país de las doctrinas teosóficas de Helena Blavatsky, a parte de ser abogado, astrónomo, escritor, periodista y...masón. Esta afición por lo heterodoxo de Carrère se plasmó claramente en su obra poética como Del amor, del dolor y del misterio (1915) o Los ojos de los fantasmas (1920). No quedó todo ahí. A Carrère no sólo se le recuerda por su poesía, sino por su vinculación y afán por el auge del cuento y la novela corta. Él mismo se autoproclamó admirador del folletín: sus miras se dirigían a Gastón Leroux, sus raíces se hundían en Paul Féval. El pulp anglosajón, a pesar de que actualmente sea desconocido por una gran mayoría de lectores, era celebrado y consumido en nuestro país gracias a autores como Carrère. Y allí es donde ubicamos La Torre de los Siete Jorobados.



Un gran folletín español

El folletín y las novelas por entregas, en nuestro país, siempre tuvieron gran aceptación. Grandes de la literatura como Galdós (que también se atrevió con algún relato misterioso como La princesa y el granuja) o Enrique P. Escrich acudieron a este formato, no solo como una manera de divulgar sus obras, sino como forma más libre de expresión. Al folletín siempre se le ha acusado de ser desde frívolo, poco exigente con la psicología de sus protagonistas (con estereotipos maniqueos muy evidentes), de estilo ramplón, argumentos inverosímiles y tramas horizontales; hasta de no considerarse siquiera literatura sino una vulgarización de la misma. En verdad el folletín iba dirigido a cualquier tipo de público independientemente de su edad o sexo. Pero considerar esa democratización de la literatura un cúmulo de vicios, nos obligaría a omitir autores como Dickens, Dumas, Balzac, Tolstoi, Salgari, Doyle, Stevenson... la lista se podría alargar mucho más.
Y de ese humus, junto al del pulp como hijo legítimo del folletín, surgió La Torre de los Siete Jorobados. La fantasía, el misterio, lo policiaco y criminal, la magia, lo truculento, el humor... todos estos ingredientes se unieron para formar una novela básicamente de aventuras, pero no en un remoto país africano, no en la meseta del Tíbet o en las llanuras del oeste norteamericano. Ni tan siquiera en la brumosa Londres de Jack el Destripador. No. Todo esto y más, en Madrid. Un repaso al Madrid del chotis, las verbenas, las zarzuelas, el aguardiente y las chulapas. Costumbrismo puro y duro bajo la música del organillo, que mostraba también penumbras y secretos en la presencia de fantasmas, combates astrales, mafias de jorobados y una intrincada Madrid subterránea llena de enigmas... Eso sí, sin perder un sentido del humor muy castizo y a veces absurdo, surrealista. Muy español, vamos.
El argumento tiene de protagonista a un supersticioso joven llamado Basilio, con ciertas capacidades mediúmnicas, mujeriego, amante de la buena vida y con escasas luces. De manera progresiva, se va introduciendo la figura esencial del doctor Robinsón de Mantua, un fantasma que pide a Basilio le ayude a desentrañar el secreto de su asesinato, que una paciente le vaticinó. Es interesante observar la manera en que se presenta este personaje ante Basilio, pues, anticipándose al movimiento surrealista, ocurre en un estado de trance o duermevela, a través de la escritura automática. Pero no debería sorprendernos, Carrère era amante del esoterismo, y este tipo de prácticas de corte espírita eran bien conocidas desde el s. XIX. A partir de la llegada del doctor Robinsón de Mantua, la acción se desarrolla, como en todo buen folletín, de manera rocambolesca y muy amena. Con personajes como el periodista “Duende de la Corte”, que con su brillante perspicacia humilla y ridiculiza el torpe ingenio de Basilio en más de una ocasión; el inspector de policía Martínez Sirio como detective infatigable, o el entrañable don Sindulfo de Arco, epítome del “sabio loco” (su homenaje a Valle-Inclán) y que también aparecía en otra obra de Carrère: La calavera de Atahualpa. Los villanos, muy, muy pero que muy malos, son una cofradía de jorobados dedicados a la falsificación y demás vilezas. Su líder es el doctor Sabatino. Este doctor Sabatino representa la perversidad suma y, por supuesto, es un experto nigromante que dirige e instruye ese terrible cabildo.

La Torre de los siete jorobados es una verdadera gema de la novela de evasión en nuestro país, de lectura accesible y divertida, con todo lo excesivo y estrafalario del folletín y la sabiduría oculta de esa época servidos de manera suculenta y mordaz.

Después de la Guerra Civil, no se volvería a vislumbrar algo similar en estas tierras hasta pasadas muchas décadas. La dictadura supuso el fin del flujo cultural proveniente de otros países; la fantasía, ciencia-ficción o lo misterioso, que se habían comenzado a introducir victoriosamente en el yermo páramo del sempiterno realismo español, falleció antes de que pudiera decir “esta boca es mía”.
Por ello La Torre de los siete jorobados es un tesoro que hay que recordar, redescubrir y/o leer de vez en cuando, tanto por su originalidad como por el misterio que supuso su propia creación...


Quién escribió qué

Emilio Carrère tenía una fama bastante mala. Eso no se puede negar. Le gustaba escandalizar a sus contemporáneos con bufonadas del estilo como que vestía la ropa entregada por un enterrador que, a su vez, se la había sustraído a varios difuntos. Por ello, aseguraba Carrère, olía a “cadaverina” y los perros aullaban a su paso. Pero eso tampoco reviste mayor importancia, las extravagancias entre bohemios se acepta que van en el paquete (incluso se aplauden). Sin embargo, uno de sus defectos, y que le hizo ganar el sobrenombre de “El rey del refrito”, era su forma de escribir y trabajar.
Carrère solía ser una auténtica pesadilla para los editores y revistas: mezclaba sus textos entre sí, entregaba el mismo cambiando el título para que parecieran dos distintos, los reeecribía de nuevo o, simplemente, no entregaba nada y punto.
Así que no fue de extrañar que, con el triunfo que supuso en su momento La Torre de los siete jorobados, surgieran voces, arteras o no, que dudaran de su autoría. Esos chismes no eran descabellados, y tampoco algo inusual en el mundo del folletín, todo hay que decirlo, pero no ha sido hasta en los últimos veinte años que hemos tenido ciertas pruebas de ello.


Jesús de Aragón


Agustín Jaureguízar y Antonio Lejárraga, en los años 1994 y 1995 respectivamente, y en los prólogos de dos obras escritas por el supuesto negro, aventuraron que el “Capitán Sirius”, “Coronel Ignotus” o “J. De Nogara”, había sido en realidad el artífice, no de la obra en sí, sino de amalgamar, completar y recrear La Torre de los siete jorobados. Jesús Palacios, en su prólogo para Valdemar en 1998 de esa misma obra, explica también una audaz filigrana literaria y editorial del que pudo ser su alumbramiento.
Los amantes de la ciencia ficción seguro que ya habrán reconocido los seudónimos que solía utilizar el Julio Verne español: Jesús de Aragón. En esos momentos, de Aragón todavía era un escritor novel y buscaba una editorial que confiara en el indudable talento que más tarde demostraría con 40000 km a bordo del Aeroplano “fantasma”, la Sombra de Casarás o el Continente Aéreo.
¿Y qué utilidad tienen los escritores principiantes de talento para algunos editores?
Es curioso como las circunstancias unieron a dos imprescindibles cabezas a reivindicar de la literatura fantástica española para “trabajar” juntos. Uno ya encumbrado y otro esperando su primera oportunidad.



Pero, ¿qué sucedió en realidad?
El editor Manuel Palomeque se encontraba en un aprieto. Tenía en sus manos un posible best-seller del insigne Emilio Carrère, pero lo era potencialmente, no de facto. El editor le había pedido una novela e incluso se la había abonado antes de echarle un vistazo siquiera. Carrère, como era habitual en él, le había entregado en realidad una remezcla de una novela corta anteriormente publicada en 1920, que a su vez provenía de textos anteriores: El Señor Catafalco y El mal de ojo; junto a otros textos diferentes, embriones de obras futuras. No llegaba para una novela larga completa, y Emilio Carrère se desentendió dejando a Palomeque con todo un señor engorro. Así que el editor, ni corto ni perezoso, se hizo con un negro que hilvanara los variopintos papelotes e incrementara su extensión. Ese negro fue Jesús de Aragón, que tras ese laborioso trabajo, consiguió publicar sus dos primeros libros.
Así nació La Torre de los siete jorobados, en su versión más célebre del año 1924.
¿Deberíamos considerar a Jesús de Aragón co-autor de la obra?
A lo largo del tiempo ha habido diferentes opiniones al respecto, las cuales otorgaban mayor o menor protagonismo a Carrère; aunque los últimos estudios que se han hecho al respecto, más bien indican que de Aragón fue remendando y creando un collage con el material que se le había suministrado. Cierto que tuvo que aportar de su cosecha, pero el verdadero caudal creativo provino de Carrère, especialista en autoplagiarse sin cesar.

Una historia de cine

Este gran éxito literario de la segunda década del s XX tuvo su representación cinematográfica en 1944. Una genuina anomalía del cine español, que no volvería a retomar la temática fantástica hasta los años 60. Su director, Edgar Neville, fue también una buena pieza. Este señor, nacido en 1899, era hijo de un ingeniero inglés acomodado y de la condesa de Berlanga de Duero. Con semejantes antecedentes, podemos sin dificultad hacernos una idea de los afortunados privilegios, escasos en esa época, de los que disfrutó en su infancia y a lo largo de su vida. Era un entusiasta de las artes y gracias a su posición social, pudo codearse con la élite cultural e intelectual anterior a la dictadura: Buñuel, Ortega y Gasset, Falla, Lorca... A pesar de que se licenció en Derecho, Neville era un incondicional del teatro y el cine, y aprovechó su condición de miembro de una familia adinerada para hacer carrera diplomática en Estados Unidos, donde en Hollywood tuvo la oportunidad de aprender del mismísimo Charles Chaplin o codearse con el gran Douglas Fairbanks. Sus años allí fueron muy felices y el trabajo y experiencia adquirida en la Metro Goldwyn-Meyer fue de valor incalculable para lo que sería su futuro como director de cine en España.
Sin ese bagaje, junto a su favorecida posición social y política (cuando regresó a España con la Guerra Civil tomó partido por el bando nacional), no habría sido posible realizar una película como La Torre de los siete jorobados, que brillaba como un diamante en esa época lóbrega entre los filmes propagandísticos del régimen y demás productos folklóricos.


Charles Chaplin & Edgar Neville


Edgar Neville tuvo la osadía de llevar al cine una obra que la Iglesia habría tachado de diabólica y el Estado de un desperdicio. Pero, por supuesto, la adaptó, la camufló para que pasara el filtro de una censura que ni él mismo podía eludir. Añadió personajes y suprimió otros, mitigó significativamente el aporte mágico y sobrenatural y enfatizó el policíaco, simplificó el argumento y la agració con el toque comercial hollywoodiense que resultaba refrescante entre tanta ranciedad patria. Son evidentes las influencias del cine expresionista alemán de Robert Wiene y su El Gabinete del Doctor Caligari en numerosas secuencias, así como una notable ambientación gótica y sombría muy lograda, a pesar del escaso presupuesto. Edgar Neville captó con precisión el sentido de humor castizo y sarcástico tan propio de Carrère, y aunque en general es un film edulcorado supurante de moralina (es hijo de su época), no se le debe restar el mérito (en este caso lo es) de poco convencional y ser un híbrido extraordinario entre lo típico español y lo fantasmagórico. Como el libro.



Por supuesto, su estreno pasó sin mucha pena ni gloria entre público y crítica (al contrario que había sucedido con el libro), lo que no ha ayudado a que, hasta hace escasamente unas semanas, no hayamos podido disponer de copias en una calidad decente. Una verdadera lástima que no se haya decidido hasta ahora restaurarla, teniendo en cuenta que se ganó ya hace tiempo un puesto preponderante en el cine español como precursor y referente del género fantástico. Junto a El Crimen de la calle Bordadores y Domingo de Carnaval (las tres de Edgar Neville además) forman un trío de ases clásico del cine policiaco. Pero tampoco debemos ser tan pesimistas, más vale tarde que nunca aunque eso sí, no os olvidéis de leer el libro antes de lanzaros hacia la película.