Grant te agradece la atención

Grant te agradece la atención

15 de mayo de 2012

One more beer...

   


Esta Tabla Esmeralda está dedicada no a una obra en particular, un autor o un movimiento literario... más bien a la relación siempre especial y tormentosa entre drogas y literatura.
Drogas en el sentido clásico del término: sustancia o preparado medicamentoso de diferentes efectos: narcótico, depresor, estimulante o alucinógeno. No vamos a diferenciar entre drogas legales o ilegales, porque con el transcurrir de los años y la distinta localización geográfica, encontraremos que esa división ha ido cambiando escandalosamente y por muy variados motivos (muchos de ellos completamente ajenos la Salud Pública). Así que hablaremos de alcohol, hachís, opio, LSD, cocaína, anfetaminas... y de lo más importante, de su influencia en el mundo literario, en sus escritores, en sus obras.


Tony Stark discutió largamente con la botella

Debemos aclarar que no fue hasta mediados del s XIX que se comenzó a escribir explícitamente sobre drogas. 
El movimiento Romántico, el decadentismo de los Simbolistas y, más adelante, el escapismo modernista plasmaron una visión nueva sobre estas sustancias que, hasta entonces, había permanecido inédita. Se consumían estupefacientes, eso es innegable, pero hasta entonces las drogas habían pertenecido al ámbito mágico-religioso cumpliendo una función ritual. Sus efectos solo podían experimentarse bajo ciertas premisas, de manera muy controlada y a la que no todo el mundo tenía acceso. Formaban parte de una esfera distinta a la del común humano y su vida. 
La droga en la literatura no era importante en sí misma, lo que realmente  primaba era su efecto, considerado una alegoría. Dos ejemplos claros de esta idea son los lotófagos de la Odisea, donde el loto representa el Olvido; y otro los filtros de amor de la leyenda de Tristán e Iseo, que simboliza la Pasión
También hay que tener en cuenta que, con la llegada del cristianismo, todo tipo de revelación mística de tipo chamánico se veía con suspicacia. Esa experiencia extática donde el sujeto se unía a su dios o trascendía a una realidad superior espiritual, era considerada una amenaza, una herejía; y los cultos iniciáticos donde proliferaban sustancias psicoactivas fueron relegados al olvido o considerados demoníacos.


Los tortolitos de Tristán e Isolda

Pero la Edad Media quedó atrás, llegó el Renacimiento y luego la Era de la Razón. Y enfrentado en cierta manera al objetivismo y materialismo del Siglo de las Luces, surgió el movimiento Romántico.
Con la dispersión del idealismo filosófico alemán liderado por Kant, Schelling o Hegel por Europa, donde la aprehensión del mundo se estimaba que dependía en gran parte de la mente del propio observador, las drogas, como alteradoras de esta mente, se posicionaron como una vía lícita de experimentar y tratar de percibir nuestra realidad de manera distinta, lo que las convirtió en una herramienta más para lograr conocimiento. 
Así, en la Literatura, se busca a través de las drogas verter estas nuevas perspectivas de la realidad, también tomar parte activa y modificarla directamente. La cita de William Blake, que luego fue reutilizada por Huxley, es el paradigma de esta nueva sensibilidad:

Si las puertas de la percepción se purificaran, todo se le aparecería al hombre como es, infinito


William Blake, El Gran Dragón Rojo (1810)



La idealización de estas sustancias fue evidente, y se conviertieron en la bandera de todo artista bohemio que se preciara de la época, aunque le llevara a la muerte. 
Pero todo hay que decirlo: existían más posibilidades de que el fallecimiento encontrara sus causas en la tuberculosis, sífilis o el hambre
Su estandarte más reconocible fue el famoso “Club del Hachís” del hotel Pimodan en París, fundado por Theóphile Gautier y Jacques-Joseph Moreau. En él se dejaron caer bohemios insignes como Charles Baudelaire, Alejandro Dumas o el pintor Delacroix. Así se expresó Arthur Rimbaud al respecto:


A través de un razonado desarreglo de los sentidos, es precisa una alquimia verbal que, nacida de una alucinación de los sentidos, se exprese como alucinación de las palabras, y estas alucinaciones tendrán el poder de cambiar la vida .


Hay que matizar que el uso del hachís, opio o morfina se hizo común también entre el resto de la población, no era una rareza, aunque no estaba muy bien vista.

Con la llegada del s. XX, aunque se mantiene esa visión idealizada del estupefaciente, surge un nuevo horizonte gracias a la heroína de Bayer, la femme fatale de las drogas.  Fue concebida como una salvación para los morfinómanos, capaz de otorgar placeres inimaginables y dolor sin fin
Esta nueva visión fue esbozada con anterioridad por Thomas de Quincey, y se centraba en la adicción, la autodestrucción, la enfermedad. 
En definitiva, el yonqui
Se comenzó a temer a estas sustancias que altera(ba)n la mente y el cuerpo. 
El Convenio Internacional de La Haya de 1912 restringió el consumo de opio, sus derivados y la cocaína. 
La concepción social sobre las drogas empezó a virar.
De la Metafísica de los románticos y su rebeldía anti-burguesa, basculamos hacia la Física marginal y tragedia personal del toxicómano. 
De la búsqueda de sensaciones más intensas, la ensoñación y la exploración del inconsciente; pasamos a un existencialismo nihilista, en el que la voluntad ha sido doblegada y la búsqueda ha mutado a pasividad y vacío.
Las Puertas de la Percepción de William Blake se abrieron de par en par para ofrecer un paisaje de horizontes llenos de belleza y horror a la vez, mucho más amplios de lo esperado...

Las drogas, en el plano literario, seguirían mostrando esa mirada de rebeldía y belleza decadente sublimadas, como entre los escritores de la Generación Beat, pero sin obviar su vertiente destructora y degenerada que plasma la lucha por el control de la voluntad y el propio organismo biológico.
Y las preguntas obvias son: 
¿Les debemos a las drogas muchas de las grandes obras de estos dos últimos siglos? 
¿Han sido ellas la causa de que despertaran los genios?


Jack Kerouac, afecto a sustancias peligrosas


Es muy complicado hacer una aseveración general sobre un tema tan rico en matices y particularidades. Pero lo que está claro, es que no está en la naturaleza del estupefaciente añadir algo nuevo a la mente de un autor. Solo amplifica, distorsiona la materia prima ya existente.

Son muchos los escritores y de diferentes estilos literarios, los que se han dejado fascinar, envolver y conquistar por los narcóticos; afamados e ignorados. Así que acudiremos a estas mismas sustancias para hablaros de algunos de ellos, no todos, es imposible, y así podáis conocer algo más de sus hábitos y adicciones que, por tabú social, se suelen evitar.


Mi amiga la botella

El alcohol es uno de los estupefacientes más populares a nivel social y que más aceptación tienen. Se ha consumido, a diferencia de otras drogas, también fuera del ámbito mágico-religioso por su relativa sencilla obtención y producción. 


Edgar Allan Poe fue una de sus víctimas, y su vida estuvo marcada por su consumo abusivo así como por periodos de abstinencia total. ¿Y cómo presentar a Poe sin que parezca algo innecesario? No se puede, pero debemos reseñar que se trató de uno de los grandes renovadores de la literatura gótica y de terror, precursor de la novela de detectives y la de ciencia-ficción. Su influencia se extendió más allá del mundo de la literatura y se convirtió en símbolo romántico para miles de artistas. Su trágica y corta vida solo echó más leña a su leyenda oscura; y su condición de alcohólico fue una punta de lanza utilizada por sus detractores para desmerecer su obra. Pero no se tiene constancia de que escribiera sus relatos e historias ebrio y en Poe encontramos la figura del toxicómano que no lo es por elección consciente, sino quizás por carga genética (su padre y hermano eran grandes bebedores) y presión social; lo que lo diferenciaba de muchos otros escritores toxicómanos que buscaban en las drogas otro tipo de evasión más lúdico.

Podemos ir más atrás en el tiempo para hallar escritores fans de las bebidas alcohólicas: Ovidio. No debemos sorprendernos, pues la propia cultura romana clásica alentaba sobre todo el consumo de vino, considerándolo indispensable en la vida diaria para cualquiera... incluidos mujeres y esclavos. Por supuesto, extendieron su cultivo allá por donde fueron. No faltaron obras escritas sobre la vid, de Catón el Viejo, Virgilio o Varrón. Pero es en Ovidio en el que ponemos nuestra atención hoy con una elegía, donde nos presenta al vino de manera ambivalente y... cómo afecta en los trances amorosos.

Así que, cuando te sirvan los dones de Baco, puesto sobre la mesa, y te toque como compañera en el lecho contiguo una mujer, suplica (...) a los ritos sagrados de la noche que no permitan que el vino te haga perder la cabeza.  En ese momento tienes oportunidad de decir muchas cosas escondiéndolas en frases de doble sentido, que ella comprenda que van referidas a sí, y garabatear tiernas lindezas con un poco de vino, de forma que pueda leer sobre la mesa que ella es tu dueña; y mírala a los ojos con ojos que declaren tu pasión ardiente: muchas veces un rostro silencioso tiene voz y palabras. (...) Camino seguro y duradero es engañarle bajo apariencia de amistad; más, aunque sea seguro y duradero el camino, entraña delito.(...)
Yo te daré la medida justa en la que debes beber: que tu mente y tus pies puedan cumplir su cometido. Ten cuidado con las disputas a las que el vino predispone especialmente, y con las manos demasiado proclives a peleas feroces.(...) 


Bukowski empinando el codo

Más cercano en el tiempo, tenemos a uno de los escritores borrachuzos por antonomasia y cuya actitud vital siempre fue ejemplo de inconformismo. Su estilo literario fue denominado realismo sucio y sus panegíricos dedicados al alcohol, haciendo gala de un procaz orgullo de su alcoholismo, son ya conocidos en todo el planeta; nos referimos a Charles Bukowski, que no se sonrojaba al reconocer que si no hubiera sido por el alcohol, no habría sido capaz de escribir una sola línea. Suyas son las siguientes palabras:

El alcohol te da la liberación de un sueño sin la falta de vitalidad de las drogas



minuto 1:14

El celebérrimo Stephen King también tuvo sus más y sus menos con el alcohol (y también otras drogas). Durante toda la década de los 80 su vida fue un continua melopea y él mismo reconoce no recordar el haber escrito según qué libros.


La Nieve andina y los hijos del Dragón




La cocaína, que llegó a Europa en el s XIX, también tuvo una difusión importante entre literatos.
Se convirtió en una droga intelectual, Sigmund Freud alababa sus virtudes y Conan Doyle convirtió a Sherlock Holmes en un adicto


Es conocida también la anécdota de que Stevenson escribió su El Extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde (1886) en seis días sin casi dormir gracias a la ayuda de esta sustancia. 
Hermann Hesse y su Lobo Estepario (1927) ofrecen continuas referencias al consumo de cocaína y Aleister Crowley, en la que fue su primera obra, Diario de un drogadicto (1922), no escatima detalles en sus diversas adicciones, en la que destaca la de la cocaína.

La heroína también ha tenido sus campeones literarios, como el inmisericorde William Burroughs, que en su Yonqui (1953), describía las miserias de su adicción de manera innovadora, cruda y magistral.

La droga es una inoculación de muerte que mantiene el cuerpo en condición de emergencia... nos decía. 

Burroughs, Madonna y el porro


Son los opiáceos en general, y el propio opio, los que han derramado sobre la humanidad una lluvia continua de angustias y deleites sin fin.
Fue Samuel Taylor Coleridge y su poema Kubla Khan (1797) el que dio el pistoletazo de salida a las descripciones y experiencias narcóticas. Lo escribió persiguiendo al dragón, y muchos después seguirían sus pasos.  
La obra más importante dedicada al opio fue la de Thomas de Quincey, Confesiones de un comedor inglés de opio (1821). Esta obra además supuso un antes y un después para la literatura universal. 
A causa de un persistente dolor de muelas, de Quincey comenzó a tomar láudano, la forma más común de por entonces de consumir opio. Se hizo un gran consumidor, sobre los 330 gramos diarios, y lo que en principio era una necesidad, se convirtió en placer e, incluso, símbolo de distinción social. Y así comenzó a escribirlo... pero escribió absolutamente todo, incluido el infierno que vivió después. Describió con precisión quirúrgica los detalles de los horrores del juego perverso de su adicción... y de transgredir las normas sociales. Lo hizo sin ningún tipo de eufemismo ni consigna moral, lo que casi se consideró una blasfemia. Este confesiones de un comedor inglés de opio  fue el molde que más adelante utilizaron otros escritores drogodependientes para narrar sus experiencias. Con de Quincey se inauguró el concepto recreativo del consumo de drogas, un escape a lo que Baudelaire llamaría  Paraísos Artificiales. Paraísos, por el placer brindado; artificiales, por su irrealidad.


De Quincey, primer drogata de la literatura




El Cáñamo


La marihuana y derivados como el hachís o quif, también han tenido, y muy abundantes, sus adeptos en la literatura. 
Quizás la obra más conocida al respecto sea la del poeta francés Charles Baudelaire Los paraísos artificiales (1860), en la que hace flaco favor a esta resina (y al opio), a pesar de que se considere de manera general y errónea, una apología sobre su consumo.

Pero no íbamos a dejar las letras castellanas fuera de todo este guirigay de estupefacientes. Ramón del Valle-Inclán fue un gran consumidor de hachís durante toda su vida. 
En el año 1910 dio una conferencia en la ciudad de Buenos Aires sobre Los excitantes en la literatura. Peligros y Ventajas. Vinculaba sus experiencias con la búsqueda espiritual y, en 1919, escribió un poema, la Pipa de Kif, dedicado al hachís, a la que llamaba la dama de la ardiente cabellera



LA PIPA DE KIF

Mis sentidos tornan a ser infantiles,

tiene el mundo una gracia matinal,

mis sentidos como gayos tamboriles

cantan en la entraña del azul cristal.

Con rítmicos saltos plenos de alegría,

cabalga en el humo de mi pipa Puk,

su risa en la entraña délfica del día

mueve el ritmo órfico amado de Gluk.

Alumbran mi copta conciencia hipostática

las míticas luces de un indo avatar,

que muda mi vieja sonrisa socrática

en la risa joven del Numen Solar.

Divino penacho de la frente triste,

en mi pipa el humo da su grito azul,

mi sangre gozosa claridad asiste

si quemo la Verde Yerba de Estambul.

Voluta de humo, vágula cimera,

tú eres en mi frente la última ilusión

de aquella riente, niña Primavera

que movió la rosa de mi corazón.

Niña Primavera, dueña de los linos

celestes, Princesa Corazón de Abril,

peregrina siempre sobre mis caminos

mundanos. Tú eres mi «spirto gentil».

¡Y jamás le nieguen tus cabellos de oro

jarcias a mi barca, toda de cristal,

la barca fragante que guarda el tesoro

de aromas y gemas de un cuento oriental!

El ritmo del orbe en mi ritmo asumo,

cuando por ti quemo la Pipa de Kif,

y llegas mecida en la onda del humo

azul, que te evoca como un «leit-motif».

Tu luz es la esencia del canto que invoca

la Aurora vestida de rosado tul,

el divino canto que no tiene boca

y el amor provoca con su voz azul.

¡Encendida rosa! ¡Encendido toro!

¡Encendidos números que rimó Platón!

¡Encendidas normas por donde va el coro

del mundo: está el mundo en mi corazón!

Si tú me abandonas, gracia del hachic,

me embozo en la capa y apago la luz.

Ya puede tentarme la Reina del Chic:

no dejo la capa y le hago la +.


Su relación con el cannabis comenzó sobre los veinte años y fue, junto a la de la literatura, inalterable y fiel hasta el día de su muerte.


Otros como el cubano José Martí también dedicaron letras al hachís, donde no lo considera un paraíso artificial, sino una realidad añorada, un éxtasis místico.
Y cómo no, el gran Horacio Quiroga, uruguayo de nacimiento, y uno de los grandes maestros del relato corto de la literatura hispanoamericana. Su vida atormentada se vió cercada continuamente por el suicidio, las estrecheces económicas y su consumo de cloroformo y hachís. Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte (1917) es, sin duda, su mejor obra; aunque no podemos obviar el cuento realista Hachís, donde describe meticulosamente sus experiencias.


Horacio Quiroga (1878-1937)


Anfetas y campos de fresas sin fin

Las drogas sintéticas, como las variedades de anfetaminas o el cataclismo de Hofmann: el LSD, también han inspirado las mentes de bastantes escritores a lo largo del s. XX, incluso a filósofos como Jean-Paul Sartre, que sin su correspondiente dosis de Corydrane (anfetamina + ácido acetilsalicílico), no habría podido acabar su Crítica de la Razón Dialéctica (1960), como él mismo explicó en varias ocasiones. Era una droga además bastante de moda en círculos artísticos e intelectuales.

Philip K. Dick estuvo años al servicio de la semoxydrina (metanfetamina), llegó a escribir, bajo su influjo en solo un año, 11 novelas, varios relatos y ensayos. También tuvo tiempo de divorciarse. 
Pero las experiencias del gran Dick no solo se quedaron con las anfetaminas (sin contar el dudoso efecto benéfico que pudiera brindarle ingerir comida para perros), también probó el LSD, con el que tuvo, como se suele decir en la jerga, un mal viaje.


Sartre & Beauvoir




La dietilamida de ácido lisérgico, también llamado ácido, fue el descubrimiento que en el año 1948 hizo que el químico suizo Albert Hofmann experimentara la apertura de esas famosas puertas de la percepción. 
El LSD, que no es tóxico ni crea adicción, se convirtió en la droga estandarte de la subversión social de los años 60. El neologismo psicodelia, vinculado estrechamente al LSD y otras drogas alucinógenas, quiere decir sencillamente lo que expresa el alma, pues, según sus consumidores, las experiencias bajo los efectos de las drogas psicotrópicas son altamente espirituales.
Así lo consideraba Aldous Huxley, el autor de clásicos como Un mundo feliz, la Isla o Las Puertas de la percepción, donde aparecen distintas sustancias (el famoso soma o setas alucinógenas), cuya importancia es trascendental en sus argumentos. Huxley opinaba que, en el momento del óbito, la persona debía estar más lúcida que nunca, así que dando ejemplo, en su lecho de muerte ingirió LSD.

Hunter Stockton Thompson, escritor y periodista, creador del estilo periodístico gonzo, donde la presencia de drogas y alcohol es común, fue politoxicómano, pero especialmente consumidor de alucinógenos. Su libro Miedo y asco en Las Vegas (1971) es el ejemplo máximo de su estilo descarnado, donde las drogas tienen un protagonismo casi absoluto. Hunter se suicidó en el año 2005.


Hunter




Y es en los años 70, cuando el filósofo alemán Ernst Jünger acuña un nuevo término para los usuarios de estupefacientes: psiconauta, el navegante del alma. Su obra Acercamientos. Drogas y ebriedad (1970) es un compedio de sus extensas experiencias con todo tipo de narcóticos. Pero no es la única, ya 20 años antes había escrito Visita a Godenholm (1952), dedicado a su primera ingestión de LSD. Era gran amigo de Hoffman. Murió con 103 años de edad en 1998 después de convertirse al catolicismo.


Jünger

¿Qué debemos sacar en conclusión? Depende de cada uno. La intención de esta Tabla Esmeralda no es adoctrinar ni acudir a la dosis habitual de moralina.
Las vidas y obras de todos estos escritores (y los de muchos más que nos hemos dejado en el tintero) son elocuentes y no necesitan explicación alguna. Y vosotros, queridos oyentes, ya sois personas adultas y sabéis discernir cuándo una arenga sentenciosa es necesaria. Y este no es el caso.


3 comentarios:

  1. Genial!!!No sabía que el tipo de Miedo y Asco en las Vegas había existido,muy fuerte eso de los Hell´s Angels,cualquiera se junta con esos pajaros con la que liaron en Altamont.

    ResponderEliminar
  2. Lo que sucedió en Altamont también se lo debemos agradecer a esas chispas de genio sin igual que Jagger desprendía en sus tiempos mozos...

    ResponderEliminar
  3. Y tanto! el morritos se las traía,si contratas a los motoristas mas chungos de estados unidos y les pagas en cerveza la cosa no puede acabar muy bien...

    ResponderEliminar

¡cuéntanos!

One more beer...

Posted by on | |
   


Esta Tabla Esmeralda está dedicada no a una obra en particular, un autor o un movimiento literario... más bien a la relación siempre especial y tormentosa entre drogas y literatura.
Drogas en el sentido clásico del término: sustancia o preparado medicamentoso de diferentes efectos: narcótico, depresor, estimulante o alucinógeno. No vamos a diferenciar entre drogas legales o ilegales, porque con el transcurrir de los años y la distinta localización geográfica, encontraremos que esa división ha ido cambiando escandalosamente y por muy variados motivos (muchos de ellos completamente ajenos la Salud Pública). Así que hablaremos de alcohol, hachís, opio, LSD, cocaína, anfetaminas... y de lo más importante, de su influencia en el mundo literario, en sus escritores, en sus obras.


Tony Stark discutió largamente con la botella

Debemos aclarar que no fue hasta mediados del s XIX que se comenzó a escribir explícitamente sobre drogas. 
El movimiento Romántico, el decadentismo de los Simbolistas y, más adelante, el escapismo modernista plasmaron una visión nueva sobre estas sustancias que, hasta entonces, había permanecido inédita. Se consumían estupefacientes, eso es innegable, pero hasta entonces las drogas habían pertenecido al ámbito mágico-religioso cumpliendo una función ritual. Sus efectos solo podían experimentarse bajo ciertas premisas, de manera muy controlada y a la que no todo el mundo tenía acceso. Formaban parte de una esfera distinta a la del común humano y su vida. 
La droga en la literatura no era importante en sí misma, lo que realmente  primaba era su efecto, considerado una alegoría. Dos ejemplos claros de esta idea son los lotófagos de la Odisea, donde el loto representa el Olvido; y otro los filtros de amor de la leyenda de Tristán e Iseo, que simboliza la Pasión
También hay que tener en cuenta que, con la llegada del cristianismo, todo tipo de revelación mística de tipo chamánico se veía con suspicacia. Esa experiencia extática donde el sujeto se unía a su dios o trascendía a una realidad superior espiritual, era considerada una amenaza, una herejía; y los cultos iniciáticos donde proliferaban sustancias psicoactivas fueron relegados al olvido o considerados demoníacos.


Los tortolitos de Tristán e Isolda

Pero la Edad Media quedó atrás, llegó el Renacimiento y luego la Era de la Razón. Y enfrentado en cierta manera al objetivismo y materialismo del Siglo de las Luces, surgió el movimiento Romántico.
Con la dispersión del idealismo filosófico alemán liderado por Kant, Schelling o Hegel por Europa, donde la aprehensión del mundo se estimaba que dependía en gran parte de la mente del propio observador, las drogas, como alteradoras de esta mente, se posicionaron como una vía lícita de experimentar y tratar de percibir nuestra realidad de manera distinta, lo que las convirtió en una herramienta más para lograr conocimiento. 
Así, en la Literatura, se busca a través de las drogas verter estas nuevas perspectivas de la realidad, también tomar parte activa y modificarla directamente. La cita de William Blake, que luego fue reutilizada por Huxley, es el paradigma de esta nueva sensibilidad:

Si las puertas de la percepción se purificaran, todo se le aparecería al hombre como es, infinito


William Blake, El Gran Dragón Rojo (1810)



La idealización de estas sustancias fue evidente, y se conviertieron en la bandera de todo artista bohemio que se preciara de la época, aunque le llevara a la muerte. 
Pero todo hay que decirlo: existían más posibilidades de que el fallecimiento encontrara sus causas en la tuberculosis, sífilis o el hambre
Su estandarte más reconocible fue el famoso “Club del Hachís” del hotel Pimodan en París, fundado por Theóphile Gautier y Jacques-Joseph Moreau. En él se dejaron caer bohemios insignes como Charles Baudelaire, Alejandro Dumas o el pintor Delacroix. Así se expresó Arthur Rimbaud al respecto:


A través de un razonado desarreglo de los sentidos, es precisa una alquimia verbal que, nacida de una alucinación de los sentidos, se exprese como alucinación de las palabras, y estas alucinaciones tendrán el poder de cambiar la vida .


Hay que matizar que el uso del hachís, opio o morfina se hizo común también entre el resto de la población, no era una rareza, aunque no estaba muy bien vista.

Con la llegada del s. XX, aunque se mantiene esa visión idealizada del estupefaciente, surge un nuevo horizonte gracias a la heroína de Bayer, la femme fatale de las drogas.  Fue concebida como una salvación para los morfinómanos, capaz de otorgar placeres inimaginables y dolor sin fin
Esta nueva visión fue esbozada con anterioridad por Thomas de Quincey, y se centraba en la adicción, la autodestrucción, la enfermedad. 
En definitiva, el yonqui
Se comenzó a temer a estas sustancias que altera(ba)n la mente y el cuerpo. 
El Convenio Internacional de La Haya de 1912 restringió el consumo de opio, sus derivados y la cocaína. 
La concepción social sobre las drogas empezó a virar.
De la Metafísica de los románticos y su rebeldía anti-burguesa, basculamos hacia la Física marginal y tragedia personal del toxicómano. 
De la búsqueda de sensaciones más intensas, la ensoñación y la exploración del inconsciente; pasamos a un existencialismo nihilista, en el que la voluntad ha sido doblegada y la búsqueda ha mutado a pasividad y vacío.
Las Puertas de la Percepción de William Blake se abrieron de par en par para ofrecer un paisaje de horizontes llenos de belleza y horror a la vez, mucho más amplios de lo esperado...

Las drogas, en el plano literario, seguirían mostrando esa mirada de rebeldía y belleza decadente sublimadas, como entre los escritores de la Generación Beat, pero sin obviar su vertiente destructora y degenerada que plasma la lucha por el control de la voluntad y el propio organismo biológico.
Y las preguntas obvias son: 
¿Les debemos a las drogas muchas de las grandes obras de estos dos últimos siglos? 
¿Han sido ellas la causa de que despertaran los genios?


Jack Kerouac, afecto a sustancias peligrosas


Es muy complicado hacer una aseveración general sobre un tema tan rico en matices y particularidades. Pero lo que está claro, es que no está en la naturaleza del estupefaciente añadir algo nuevo a la mente de un autor. Solo amplifica, distorsiona la materia prima ya existente.

Son muchos los escritores y de diferentes estilos literarios, los que se han dejado fascinar, envolver y conquistar por los narcóticos; afamados e ignorados. Así que acudiremos a estas mismas sustancias para hablaros de algunos de ellos, no todos, es imposible, y así podáis conocer algo más de sus hábitos y adicciones que, por tabú social, se suelen evitar.


Mi amiga la botella

El alcohol es uno de los estupefacientes más populares a nivel social y que más aceptación tienen. Se ha consumido, a diferencia de otras drogas, también fuera del ámbito mágico-religioso por su relativa sencilla obtención y producción. 


Edgar Allan Poe fue una de sus víctimas, y su vida estuvo marcada por su consumo abusivo así como por periodos de abstinencia total. ¿Y cómo presentar a Poe sin que parezca algo innecesario? No se puede, pero debemos reseñar que se trató de uno de los grandes renovadores de la literatura gótica y de terror, precursor de la novela de detectives y la de ciencia-ficción. Su influencia se extendió más allá del mundo de la literatura y se convirtió en símbolo romántico para miles de artistas. Su trágica y corta vida solo echó más leña a su leyenda oscura; y su condición de alcohólico fue una punta de lanza utilizada por sus detractores para desmerecer su obra. Pero no se tiene constancia de que escribiera sus relatos e historias ebrio y en Poe encontramos la figura del toxicómano que no lo es por elección consciente, sino quizás por carga genética (su padre y hermano eran grandes bebedores) y presión social; lo que lo diferenciaba de muchos otros escritores toxicómanos que buscaban en las drogas otro tipo de evasión más lúdico.

Podemos ir más atrás en el tiempo para hallar escritores fans de las bebidas alcohólicas: Ovidio. No debemos sorprendernos, pues la propia cultura romana clásica alentaba sobre todo el consumo de vino, considerándolo indispensable en la vida diaria para cualquiera... incluidos mujeres y esclavos. Por supuesto, extendieron su cultivo allá por donde fueron. No faltaron obras escritas sobre la vid, de Catón el Viejo, Virgilio o Varrón. Pero es en Ovidio en el que ponemos nuestra atención hoy con una elegía, donde nos presenta al vino de manera ambivalente y... cómo afecta en los trances amorosos.

Así que, cuando te sirvan los dones de Baco, puesto sobre la mesa, y te toque como compañera en el lecho contiguo una mujer, suplica (...) a los ritos sagrados de la noche que no permitan que el vino te haga perder la cabeza.  En ese momento tienes oportunidad de decir muchas cosas escondiéndolas en frases de doble sentido, que ella comprenda que van referidas a sí, y garabatear tiernas lindezas con un poco de vino, de forma que pueda leer sobre la mesa que ella es tu dueña; y mírala a los ojos con ojos que declaren tu pasión ardiente: muchas veces un rostro silencioso tiene voz y palabras. (...) Camino seguro y duradero es engañarle bajo apariencia de amistad; más, aunque sea seguro y duradero el camino, entraña delito.(...)
Yo te daré la medida justa en la que debes beber: que tu mente y tus pies puedan cumplir su cometido. Ten cuidado con las disputas a las que el vino predispone especialmente, y con las manos demasiado proclives a peleas feroces.(...) 


Bukowski empinando el codo

Más cercano en el tiempo, tenemos a uno de los escritores borrachuzos por antonomasia y cuya actitud vital siempre fue ejemplo de inconformismo. Su estilo literario fue denominado realismo sucio y sus panegíricos dedicados al alcohol, haciendo gala de un procaz orgullo de su alcoholismo, son ya conocidos en todo el planeta; nos referimos a Charles Bukowski, que no se sonrojaba al reconocer que si no hubiera sido por el alcohol, no habría sido capaz de escribir una sola línea. Suyas son las siguientes palabras:

El alcohol te da la liberación de un sueño sin la falta de vitalidad de las drogas



minuto 1:14

El celebérrimo Stephen King también tuvo sus más y sus menos con el alcohol (y también otras drogas). Durante toda la década de los 80 su vida fue un continua melopea y él mismo reconoce no recordar el haber escrito según qué libros.


La Nieve andina y los hijos del Dragón




La cocaína, que llegó a Europa en el s XIX, también tuvo una difusión importante entre literatos.
Se convirtió en una droga intelectual, Sigmund Freud alababa sus virtudes y Conan Doyle convirtió a Sherlock Holmes en un adicto


Es conocida también la anécdota de que Stevenson escribió su El Extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde (1886) en seis días sin casi dormir gracias a la ayuda de esta sustancia. 
Hermann Hesse y su Lobo Estepario (1927) ofrecen continuas referencias al consumo de cocaína y Aleister Crowley, en la que fue su primera obra, Diario de un drogadicto (1922), no escatima detalles en sus diversas adicciones, en la que destaca la de la cocaína.

La heroína también ha tenido sus campeones literarios, como el inmisericorde William Burroughs, que en su Yonqui (1953), describía las miserias de su adicción de manera innovadora, cruda y magistral.

La droga es una inoculación de muerte que mantiene el cuerpo en condición de emergencia... nos decía. 

Burroughs, Madonna y el porro


Son los opiáceos en general, y el propio opio, los que han derramado sobre la humanidad una lluvia continua de angustias y deleites sin fin.
Fue Samuel Taylor Coleridge y su poema Kubla Khan (1797) el que dio el pistoletazo de salida a las descripciones y experiencias narcóticas. Lo escribió persiguiendo al dragón, y muchos después seguirían sus pasos.  
La obra más importante dedicada al opio fue la de Thomas de Quincey, Confesiones de un comedor inglés de opio (1821). Esta obra además supuso un antes y un después para la literatura universal. 
A causa de un persistente dolor de muelas, de Quincey comenzó a tomar láudano, la forma más común de por entonces de consumir opio. Se hizo un gran consumidor, sobre los 330 gramos diarios, y lo que en principio era una necesidad, se convirtió en placer e, incluso, símbolo de distinción social. Y así comenzó a escribirlo... pero escribió absolutamente todo, incluido el infierno que vivió después. Describió con precisión quirúrgica los detalles de los horrores del juego perverso de su adicción... y de transgredir las normas sociales. Lo hizo sin ningún tipo de eufemismo ni consigna moral, lo que casi se consideró una blasfemia. Este confesiones de un comedor inglés de opio  fue el molde que más adelante utilizaron otros escritores drogodependientes para narrar sus experiencias. Con de Quincey se inauguró el concepto recreativo del consumo de drogas, un escape a lo que Baudelaire llamaría  Paraísos Artificiales. Paraísos, por el placer brindado; artificiales, por su irrealidad.


De Quincey, primer drogata de la literatura




El Cáñamo


La marihuana y derivados como el hachís o quif, también han tenido, y muy abundantes, sus adeptos en la literatura. 
Quizás la obra más conocida al respecto sea la del poeta francés Charles Baudelaire Los paraísos artificiales (1860), en la que hace flaco favor a esta resina (y al opio), a pesar de que se considere de manera general y errónea, una apología sobre su consumo.

Pero no íbamos a dejar las letras castellanas fuera de todo este guirigay de estupefacientes. Ramón del Valle-Inclán fue un gran consumidor de hachís durante toda su vida. 
En el año 1910 dio una conferencia en la ciudad de Buenos Aires sobre Los excitantes en la literatura. Peligros y Ventajas. Vinculaba sus experiencias con la búsqueda espiritual y, en 1919, escribió un poema, la Pipa de Kif, dedicado al hachís, a la que llamaba la dama de la ardiente cabellera



LA PIPA DE KIF

Mis sentidos tornan a ser infantiles,

tiene el mundo una gracia matinal,

mis sentidos como gayos tamboriles

cantan en la entraña del azul cristal.

Con rítmicos saltos plenos de alegría,

cabalga en el humo de mi pipa Puk,

su risa en la entraña délfica del día

mueve el ritmo órfico amado de Gluk.

Alumbran mi copta conciencia hipostática

las míticas luces de un indo avatar,

que muda mi vieja sonrisa socrática

en la risa joven del Numen Solar.

Divino penacho de la frente triste,

en mi pipa el humo da su grito azul,

mi sangre gozosa claridad asiste

si quemo la Verde Yerba de Estambul.

Voluta de humo, vágula cimera,

tú eres en mi frente la última ilusión

de aquella riente, niña Primavera

que movió la rosa de mi corazón.

Niña Primavera, dueña de los linos

celestes, Princesa Corazón de Abril,

peregrina siempre sobre mis caminos

mundanos. Tú eres mi «spirto gentil».

¡Y jamás le nieguen tus cabellos de oro

jarcias a mi barca, toda de cristal,

la barca fragante que guarda el tesoro

de aromas y gemas de un cuento oriental!

El ritmo del orbe en mi ritmo asumo,

cuando por ti quemo la Pipa de Kif,

y llegas mecida en la onda del humo

azul, que te evoca como un «leit-motif».

Tu luz es la esencia del canto que invoca

la Aurora vestida de rosado tul,

el divino canto que no tiene boca

y el amor provoca con su voz azul.

¡Encendida rosa! ¡Encendido toro!

¡Encendidos números que rimó Platón!

¡Encendidas normas por donde va el coro

del mundo: está el mundo en mi corazón!

Si tú me abandonas, gracia del hachic,

me embozo en la capa y apago la luz.

Ya puede tentarme la Reina del Chic:

no dejo la capa y le hago la +.


Su relación con el cannabis comenzó sobre los veinte años y fue, junto a la de la literatura, inalterable y fiel hasta el día de su muerte.


Otros como el cubano José Martí también dedicaron letras al hachís, donde no lo considera un paraíso artificial, sino una realidad añorada, un éxtasis místico.
Y cómo no, el gran Horacio Quiroga, uruguayo de nacimiento, y uno de los grandes maestros del relato corto de la literatura hispanoamericana. Su vida atormentada se vió cercada continuamente por el suicidio, las estrecheces económicas y su consumo de cloroformo y hachís. Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte (1917) es, sin duda, su mejor obra; aunque no podemos obviar el cuento realista Hachís, donde describe meticulosamente sus experiencias.


Horacio Quiroga (1878-1937)


Anfetas y campos de fresas sin fin

Las drogas sintéticas, como las variedades de anfetaminas o el cataclismo de Hofmann: el LSD, también han inspirado las mentes de bastantes escritores a lo largo del s. XX, incluso a filósofos como Jean-Paul Sartre, que sin su correspondiente dosis de Corydrane (anfetamina + ácido acetilsalicílico), no habría podido acabar su Crítica de la Razón Dialéctica (1960), como él mismo explicó en varias ocasiones. Era una droga además bastante de moda en círculos artísticos e intelectuales.

Philip K. Dick estuvo años al servicio de la semoxydrina (metanfetamina), llegó a escribir, bajo su influjo en solo un año, 11 novelas, varios relatos y ensayos. También tuvo tiempo de divorciarse. 
Pero las experiencias del gran Dick no solo se quedaron con las anfetaminas (sin contar el dudoso efecto benéfico que pudiera brindarle ingerir comida para perros), también probó el LSD, con el que tuvo, como se suele decir en la jerga, un mal viaje.


Sartre & Beauvoir




La dietilamida de ácido lisérgico, también llamado ácido, fue el descubrimiento que en el año 1948 hizo que el químico suizo Albert Hofmann experimentara la apertura de esas famosas puertas de la percepción. 
El LSD, que no es tóxico ni crea adicción, se convirtió en la droga estandarte de la subversión social de los años 60. El neologismo psicodelia, vinculado estrechamente al LSD y otras drogas alucinógenas, quiere decir sencillamente lo que expresa el alma, pues, según sus consumidores, las experiencias bajo los efectos de las drogas psicotrópicas son altamente espirituales.
Así lo consideraba Aldous Huxley, el autor de clásicos como Un mundo feliz, la Isla o Las Puertas de la percepción, donde aparecen distintas sustancias (el famoso soma o setas alucinógenas), cuya importancia es trascendental en sus argumentos. Huxley opinaba que, en el momento del óbito, la persona debía estar más lúcida que nunca, así que dando ejemplo, en su lecho de muerte ingirió LSD.

Hunter Stockton Thompson, escritor y periodista, creador del estilo periodístico gonzo, donde la presencia de drogas y alcohol es común, fue politoxicómano, pero especialmente consumidor de alucinógenos. Su libro Miedo y asco en Las Vegas (1971) es el ejemplo máximo de su estilo descarnado, donde las drogas tienen un protagonismo casi absoluto. Hunter se suicidó en el año 2005.


Hunter




Y es en los años 70, cuando el filósofo alemán Ernst Jünger acuña un nuevo término para los usuarios de estupefacientes: psiconauta, el navegante del alma. Su obra Acercamientos. Drogas y ebriedad (1970) es un compedio de sus extensas experiencias con todo tipo de narcóticos. Pero no es la única, ya 20 años antes había escrito Visita a Godenholm (1952), dedicado a su primera ingestión de LSD. Era gran amigo de Hoffman. Murió con 103 años de edad en 1998 después de convertirse al catolicismo.


Jünger

¿Qué debemos sacar en conclusión? Depende de cada uno. La intención de esta Tabla Esmeralda no es adoctrinar ni acudir a la dosis habitual de moralina.
Las vidas y obras de todos estos escritores (y los de muchos más que nos hemos dejado en el tintero) son elocuentes y no necesitan explicación alguna. Y vosotros, queridos oyentes, ya sois personas adultas y sabéis discernir cuándo una arenga sentenciosa es necesaria. Y este no es el caso.


3 comentarios:

Iceman77 dijo...

Genial!!!No sabía que el tipo de Miedo y Asco en las Vegas había existido,muy fuerte eso de los Hell´s Angels,cualquiera se junta con esos pajaros con la que liaron en Altamont.

La Tabla Esmeralda dijo...

Lo que sucedió en Altamont también se lo debemos agradecer a esas chispas de genio sin igual que Jagger desprendía en sus tiempos mozos...

Iceman77 dijo...

Y tanto! el morritos se las traía,si contratas a los motoristas mas chungos de estados unidos y les pagas en cerveza la cosa no puede acabar muy bien...

Publicar un comentario

¡cuéntanos!